Ellos estaban totalmente convencidos que su esquema de la viuda y los hermanos reducirían las enseñanzas de Jesús sobre la resurrección a un absurdo total. Por supuesto, Jesús rápidamente colocó dicho absurdo en la corte de los saduceos, Jesús resaltó que la resurrección es una forma totalmente nueva de vida que trasciende cualquier forma de matrimonio. De igual manera, Jesús nos está enseñando que Dios es un Dios de vida. Entonces, nuestra relación con Dios va más allá de la experiencia de la muerte. San Pablo explicaba esto en su carta a los romanos: “Estoy seguro que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús.” (Romanos 8: 38-39) Nuestra fe es clara. La muerte es solo un pasaje a una vida más rica con un Dios que nos ama.
En la historia del Evangelio de hoy los saduceos desafían a Jesús con una historia sencilla y ridícula sobre siete hermanos que se casaron con la misma mujer. Jesús volcó la historia en una verdad profunda que profesamos en el Credo de los apóstoles: la resurrección de los muertos. Pero antes, la nueva vida donde en un tiempo venidero, ni nos casamos ni somos dados en matrimonio, debemos enfrentar la muerte. Esta verdad es central a la liturgia de hoy.
Estamos en las semanas finales del año litúrgico. La liturgia teje una historia fascinante del final y del comienzo. En el proceso nos invita a entrar en el misterio del tiempo.
Ahora somos confrontados con la realidad de nuestra muerte corporal. La próxima semana seremos desafiados con el final de la ventura histórica que llamamos el final de los tiempos. Luego las primeras tres semanas del año nuevo nos da el mensaje del adviento y el grito de la nueva realidad “Ven Señor Jesús” entre medio del mensaje del final y la súplica por el nuevo comienzo, celebramos a Cristo Rey. Este es un puente que conecta la trascendencia de nuestra realidad humana, Nuestra Mortalidad, con nuestro último propósito y meta de vida: estar en el abrazo eterno de nuestro Señor amoroso, Nuestra Inmortalidad.
En estos tiempos fascinantes del final de un año y el comienzo, otra vez, de un año nuevo en el ciclo del camino de salvación con Jesús, nuestro salvador crucificado y resucitado, se nos pide ponderar la perspectiva cristiana sobre el tiempo.
Sabemos que el tiempo es implacable. No espera a nadie. Sabemos que está impregnado con vida y esperanza. Sabemos que ultimadamente es gracia en la victoria de Cristo. Mientras tanto, es urgente, está llamándonos a ser pacientes y confiar anhelantes en la venida del Señor. Los dos versículos finales del libro de las Revelaciones y los versículos finales de la Biblia dicen “El que da este testimonio dice, sí, legaré pronto. Amén. ¡ven Señor Jesús! La gracia del Señor Jesús esté con todos (Revelaciones 22: 20-21) Está en verdad, llamándonos a la misericordia y compasión futura de nueva vida aún de cara a la muerte.












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