TRIGÉSIMO SEGUNDO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO


Estimados feligreses, El desafío de hoy para Jesús es con los saduceos. Ellos eran un grupo pequeño pero poderoso y elitista en la jerarquía judía en el tiempo de Jesús. Ellos tenían riqueza y poder. El significado literal de su título era: “los correctos.” Ellos eran muy firmes en su convicción de que no había nada después de la vida.

Ellos estaban totalmente convencidos que su esquema de la viuda y los hermanos reducirían las enseñanzas de Jesús sobre la resurrección a un absurdo total. Por supuesto, Jesús rápidamente colocó dicho absurdo en la corte de los saduceos, Jesús resaltó que la resurrección es una forma totalmente nueva de vida que trasciende cualquier forma de matrimonio. De igual manera, Jesús nos está enseñando que Dios es un Dios de vida. Entonces, nuestra relación con Dios va más allá de la experiencia de la muerte. San Pablo explicaba esto en su carta a los romanos: “Estoy seguro que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús.” (Romanos 8: 38-39) Nuestra fe es clara. La muerte es solo un pasaje a una vida más rica con un Dios que nos ama.

En la historia del Evangelio de hoy los saduceos desafían a Jesús con una historia sencilla y ridícula sobre siete hermanos que se casaron con la misma mujer. Jesús volcó la historia en una verdad profunda que profesamos en el Credo de los apóstoles: la resurrección de los muertos. Pero antes, la nueva vida donde en un tiempo venidero, ni nos casamos ni somos dados en matrimonio, debemos enfrentar la muerte. Esta verdad es central a la liturgia de hoy.

Estamos en las semanas finales del año litúrgico. La liturgia teje una historia fascinante del final y del comienzo. En el proceso nos invita a entrar en el misterio del tiempo.

Ahora somos confrontados con la realidad de nuestra muerte corporal. La próxima semana seremos desafiados con el final de la ventura histórica que llamamos el final de los tiempos. Luego las primeras tres semanas del año nuevo nos da el mensaje del adviento y el grito de la nueva realidad “Ven Señor Jesús” entre medio del mensaje del final y la súplica por el nuevo comienzo, celebramos a Cristo Rey. Este es un puente que conecta la trascendencia de nuestra realidad humana, Nuestra Mortalidad, con nuestro último propósito y meta de vida: estar en el abrazo eterno de nuestro Señor amoroso, Nuestra Inmortalidad.

En estos tiempos fascinantes del final de un año y el comienzo, otra vez, de un año nuevo en el ciclo del camino de salvación con Jesús, nuestro salvador crucificado y resucitado, se nos pide ponderar la perspectiva cristiana sobre el tiempo.

Sabemos que el tiempo es implacable. No espera a nadie. Sabemos que está impregnado con vida y esperanza. Sabemos que ultimadamente es gracia en la victoria de Cristo. Mientras tanto, es urgente, está llamándonos a ser pacientes y confiar anhelantes en la venida del Señor. Los dos versículos finales del libro de las Revelaciones y los versículos finales de la Biblia dicen “El que da este testimonio dice, sí, legaré pronto. Amén. ¡ven Señor Jesús! La gracia del Señor Jesús esté con todos (Revelaciones 22: 20-21) Está en verdad, llamándonos a la misericordia y compasión futura de nueva vida aún de cara a la muerte.
Compartir:

Trigésimo primer domingo del tiempo ordinario

Lucas 19: 1-10


Estimados feligreses,

Lucas nos da hoy un personaje verdaderamente rico, en el recaudador de impuestos, Zaqueo. En la historia de hoy Lucas da un toquecito en tres de sus temas favoritos. El primero es el repetido ataque de que los ricos no pueden buscar la salvación. Luego tiene a Jesús una vez más abarcando a los olvidados, rechazados y marginados. Finalmente, como Jesús identifica la fe de Zaqueo, una vez más el evangelista identifica a Jesús como la fuente de vida y salvación. “Zaqueo, que era jefe de los recaudadores de impuestos, trataba de ver quien era Jesús” (Lucas 19: 2) Jesús rompió las normas de lo correcto y se invitó a cenar en la casa de Zaqueo. En el proceso, el inquieto recaudador de impuestos fue introducido al juego de Jesús en el que se gana al perder.

Lucas es el único evangelista que nos deleita con la historia de Zaqueo. Él lo hace en parte, para resaltar la diferencia entre el jefe recaudador de impuestos y el oficial rico que no quiso jugar el juego de Jesús (Lucas 18: 23) Él no estaba invirtiendo en el juego de Jesús. Zaqueo, sin embargo, entendió el mensaje. Él comprendió que este encuentro salvador con Jesús tendría consecuencias inmediatas y concretas en su vida. Él no abrió solamente las cuerdas de su monedero, él abrió algo mucho más importante, su dolido corazón. Así, Jesús pudo decir con alegría, “Hoy la salvación ha venido a esta casa…porque el Hijo del Hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido.” (Lucas 19: 9-10)

Zaqueo se regocijó en el juego de Jesús donde tú ganas más cuando pierdes. Él se volvió rico de una nueva manera al liberar su corazón de la carga de su antigua riqueza que lo había vuelto un pobre hombre. Ahora Zaqueo tenía un nuevo propósito y dirección en su vida. Él, encantado hizo la restitución con un sentido de alegría y dirección en su asombroso llamado que guiaba a una nueva vida en Jesús.

Cada día en nuestras vidas, estamos abiertos a la posibilidad de la sorpresa que tuvo Zaqueo. En el diario fluir de la vida, con sus miríadas relaciones y responsabilidades y experiencias, Jesús nos está diciendo, “Quiero quedarme en tu casa hoy.” Cada día somos capaces de abrir nuestro corazón al mejor de todos los regalos e invitaciones. Estamos siendo llamados a entrar en el amor de Dios y su misericordia de una forma profundamente personal. Como Zaqueo, estamos siendo llamados a cambiar nuestros caminos, a ver nuestras riquezas de una nueva manera. Ahora se nos está pidiendo ver estas posesiones no como nuestra seguridad sino como la fuente para compartir en el amor de Dios por todos y por toda la creación de Dios. Como el asediado recaudador de impuestos, tenemos la sorprendente oportunidad de decir sí a Jesús con una hospitalidad renovada. Con un corazón liberado de la esclavitud de “nuestras cosas”. Estamos siendo llamados a una nueva oportunidad en la vida en los pasos de Jesús.

Compartir:

TRIGÉSIMO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO


Estimados feligreses, Como pondero la profundidad y riqueza de la parábola de hoy, estoy inclinado a reflexionar sobre mi primera formación católica. Yo crecí en la Parroquia de San Lorenzo en el lado sur de Chicago. Fue una experiencia bella y enriquecedora en muchas maneras. Pero como cualquier otra cosa también fue muy humana, sufrí de la ceguera revelada en el Evangelio de hoy. Con el paso de los años, me he encontrado creciendo en conciencia de los prejuicios humanos ordinarios y la ignorancia que fueron implantados en mí por la primera experiencia parroquial católica irlandesa.

Primero que todo, teníamos abierta una amplia autopista directa al infierno para los demás. Especialmente para los protestantes y para católicos caídos, más que todo los divorciados, encabezaban este desfile. El papel de la mujer era muy claro: en la cocina y preferiblemente embarazada. La “gente de color”, que era el término operativo de respeto para los afroamericanos en mi juventud, eran inferiores y felices de vivir al otro lado de la calle donde Dios los puso. Como católicos, éramos muy patrióticos y en total apoyo a la insanidad de la escalada nuclear.

Estábamos orgullosos de ser católicos guiando el camino de la censura de las películas para mantener la ortodoxia pélvica. Creo que algunos en la fila para recibir la comunión de mi parroquia no habrían pasado la censura. Nunca le dedicamos ni un pensamiento a las glorificaciones de Hollywood con sus insinuaciones, cigarrillos y violencia. Los mexicanos eran los únicos hispanos que conocía y esto solamente por medio de las películas. Ellos eran unos completos perdedores solamente superados por las salvajadas de los indios nativos americanos que atacaban a los pobladores blancos.

Podría seguir con una larga lista sobre el dominio clerical pero el punto es claro. La religión organizada, no importa cuan bella y profunda sea, nunca está tan lejos de los fariseos en el Evangelio de hoy.

No pienso con mucha frecuencia en lo que la próxima generación verá en nuestra parroquia y en la iglesia de hoy que está completamente fuera del radar de los valores del Evangelio. Estoy seguro que hay mucho que considerar aún si está escondido en nuestra conciencia en este momento.

La parábola de hoy nos ofrece la posibilidad de mucha luz y sabiduría. El primer punto nos dirige a un mensaje que va más allá de los personajes del fariseo y el colector de impuestos. El problema más profundo es sobre la bondad y misericordia de Dios. Dios es el que perdona a los pecadores. Nuestra tarea es reconocer y aceptar nuestra realidad como criaturas pecadoras y aún como criaturas pecadoras que son amadas y perdonadas. Esta es la verdad de nuestra situación. La humildad es el pasaje liberador para esta verdad. Nos empodera para recibir el amor y misericordia de Dios.

Hay otros dos puntos de mucha ayuda en la parábola de hoy. El primero continúa con el repetido tema de Lucas de los reversos. En la venida de Dios revelada en Jesús, las cosas serán puestas en el orden adecuado con Dios en el centro. El fariseo se pasó ese punto así como nosotros hacemos con frecuencia. Es un largo viaje para poner a Dios en el centro y mover nuestro giro al lugar correcto como la criatura totalmente dependiente y humilde. En segundo lugar, es más bien una cosa espiritual tener la apertura e integridad del colector de impuestos. Santa Teresa de Ávila nos enseña sobre la importancia de este humilde autoconocimiento. Ella lo practicó tan bien que al final pudo decir, que la historia de su vida es la historia de la misericordia de Dios. Verdaderamente fue lo mismo para el colector de impuestos.

Fundamental para la parábola de hoy es que cada corazón humano está partido entre el jale de la arrogancia del fariseo y la humildad y autoconocimiento del colector de impuestos. El poder del mensaje es que el Dios de misericordia revelado por Jesús perdona a los pecadores. Todo lo que necesitamos hacer es reconocer que necesitamos ponernos en la línea para recibir este regalo liberador.
Compartir:

LA PARÁBOLA DEL JUEZ Y LA VIUDA


VIGÉSIMO NOVENO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO C

Lucas 18: 1-8

Estimados amigos, Nosotros, como una comunidad de fe, hemos viajado con Lucas en nuestro viaje a Jerusalén por dieciséis semanas. Después de hoy, tendremos solo dos cortas semanas en este pasaje para el envolvente misterio de Cristo crucificado y resucitado. Este mítico camino ha visto a Jesús desafiando las profundidades de nuestro corazón. Él ha estado buscando dirigirnos fuera de la oscuridad y dentro de la luz, una luz que irradia fe en el mensaje del Evangelio. Hemos recibido un llamado incesante para alejarnos del falso y egoísta ser e ir a nuestro singular llamado al verdadero ser en las huellas de Jesús. Nuestra formación espiritual sigue hoy con la bella y sencilla historia de la determinada y belicosa viuda.

Necesitamos resaltar un par de puntos justo al principio de nuestra reflexión. La parábola del juez y la viuda no nos enseña que eventualmente podemos tener a Dios de nuestro lado por nuestra fuerte determinación mental. Por el contrario, la lección real para nosotros en esta historia es: no perder la esperanza a pesar de todas las injusticias y dificultades que confrontamos a diario en nuestra vida personal y en la avalancha de injusticias que envuelven nuestro mundo. La parábola nos está invitando a la persistencia que está enraizada en la amorosa confianza en la verdad básica de nuestra fe: Dios es bueno ahora y siempre no importa como pueda parecer en nuestra vista limitada. No necesitamos preocuparnos por la perseverancia de Dios. Lo que es el problema es nuestra fidelidad.

Uno de los aspectos más bellos de la historia no aparece en inglés donde dice que el juez finalmente le da paso a la viuda porque teme que ella lo golpee. En el lenguaje original dice que él teme que la viuda le ponga un ojo morado.

El punto principal de la parábola está contrastando a un juez egocéntrico y corrupto con un Dios amoroso y misericordioso. Si la pobre viuda recibió su pendiente de parte del ministro corrupto de la ley, cuanto más no será la respuesta amorosa de un Dios misericordioso, compasivo y de amor infinito. Nosotros estamos llamados a poner confianza en nuestra oración a un Dios que envió a su Hijo encarnado en el caos de nuestro mundo y así transformarlo al final en un reino de amor y justicia. El mensaje de Lucas es de exhortación para los discípulos y para nosotros: ser constantes en nuestra oración sin importar cómo porque Dios es constante en su amor por nosotros y nuestro mundo quebrantado.

Fácilmente podemos mirarnos nosotros mismos en esa viuda, una mujer culpada por la sociedad y atrapada en la pobreza que parecía ruda en todo su poder destructivo. Pudiera ser que no estemos atrapados en esa urgencia de su sobrevivencia económica inmediata pero la pobreza nos ataca de muchas maneras. Nuestra condición humana es siempre atrapada en un sentido de futilidad y mortalidad. Nosotros sufrimos las consecuencias de las negligencias con nuestro medio ambiente y ahora, incluso tenemos la negación gubernamental de esta realidad. Los horrores venideros del cambio climático parecen totalmente sobrecogedores. Nosotros somos confrontados diariamente por el horror divisivo de organizaciones que dañan a personas lindas que se preocupan por el bienestar común. El problema del abuso sexual en la iglesia, en la sociedad y con más frecuencia de la que podemos imaginar también en la familia. Frecuentemente nos rendimos al anhelo por la liberación de un nuevo día. La lucha continua por una aceptación justa y compasiva de aceptación de una orientación sexual que ruega por una señal de esperanza por parte de la iglesia y de la sociedad. Luego está el conflicto envolvente del gobierno donde vemos políticos cada vez más alejados del bien común por el paralelismo del partidismo vacío de compromiso. Encierra a cada uno en un estancamiento sin sentido. Estos son solo unos pocos ejemplos de cómo todos compartimos de algún modo la desesperación de la viuda ya sea que estemos conscientes de ello o no.

La viuda nos muestra que para la persona de fe y confianza, la oración no es el último recurso. Es el primer recurso y siempre unido a nuestro esfuerzo personal hace la diferencia. La oración expone un sentido de lealtad de un Dios amoroso para todos. Al final, Dios tendrá la última palabra. Esa palabra está pronunciada en la victoria de Jesús sobre el mal y la muerte en el misterio pascual de su muerte y resurrección.

Como la viuda, somos instados a orar y actuar por la justicia de Dios. Cuando somos fieles en nuestro compromiso para la oración y la acción el Hijo del Hombre verdaderamente encontrará fe en la tierra cuando venga de nuevo. (Lucas 18: 8)
Compartir:

VIGÉSIMO OCTAVO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Lucas 17: 11-19


Estimados amigos, La mayoría de historias del Evangelio son más profundas y desafiantes de lo que parecen a simple vista. La historia de hoy de los diez leprosos es un buen ejemplo. Mientras que incluye los horizontes sin límites de la salvación, también es una lección obvia de gratitud.

En el lenguaje hebreo en el tiempo de Jesús, no existía una palabra para agradecimiento. Los judíos usaban palabras de alabanza, bendición y glorificación para expresar agradecimiento. Así como Naamán en la primera lectura, el samaritano responde a la sanación con una declaración de fe y alabanza. Esta es nuestra forma más común de oración en la Eucaristía. Cuál es la más grande oración de acción de gracias para el acto de salvación de nuestro salvador crucificado.

Es de mucha ayuda entender el trasfondo. Cualquier persona con alguna enfermedad de la piel era considerada como leprosa. Esto, por supuesto, incluía a los que de verdad padecían lepra que es muy contagiosa y mortal. Sin embargo, también incluía algunas enfermedades menores de la piel. Los leprosos estaban totalmente aislados y no podían acercarse a cincuenta yardas de sus seres queridos. Ellos no tenían participación en la vida social de la comunidad y dependían totalmente de la generosidad de otros para todas sus necesidades.

Las primeras palabras del pasaje de hoy de Lucas son “Así Jesús siguió su viaje a Jerusalén.” (Lucas 17: 11) hemos estado con Jesús por quince semanas en este viaje a Jerusalén y faltan tres más. Ha sido un tiempo de aprendizaje de cómo ser un verdadero discípulo.

Cuando empezó el viaje a Jerusalén los samaritanos le negaron el paso a Jesús por su territorio. Juan y Santiago respondieron sugiriendo que harían caer fuego del cielo. Jesús tenía una mejor idea. Su respuesta no violenta llevó a incluir a dos samaritanos en las historias de salvación: El Buen Samaritano y el samaritano agradecido y lleno de fe de este día, limpiado de lepra y recipiente de salvación. Estos dos individuos encajan en el tema de la inclusión de Lucas que fluye de la dimensión del mensaje de Jesús. Ambos incidentes realzan a los samaritanos, los odiados enemigos de los judíos. De igual manera, ambas historias rompen las barreras de la salvación. Todos están incluidos en las enseñanzas de Jesús y en las prácticas del reino.

Así, cuando Jesús los sanó, fue un gran problema. Luego, la trama se complicó. El samaritano regresó. “Y uno de ellos dándose cuenta de que había sido sanado, regresó glorificando a Dios en voz alta y él cayó a los pies de Jesús y le agradeció.” (Lucas 17: 15-16) es fácil entender la libertad increíble que los otros nueve leprosos sentían. Ellos ahora podían estar con sus seres queridos. Ellos ahora podían participar en la vida de la comunidad. No es difícil entender como ellos podrían estar distraídos y olvidadizos.

Tan importante como es la lección de gratitud, Lucas tiene un mensaje más profundo para nosotros en la persona del samaritano. Él se da cuenta que la sanación va más allá de los componentes físico y social de la recuperación. El agradecido samaritano es un encuentro con un Dios amoroso y salvador. Él pudo ver en Jesús no solamente a aquel que le resuelve su problema físico y material sino a uno que también podía satisfacer el hambre fundamental del corazón humano por la felicidad y la libertad que va más allá de la maravilla de la sanación física aún con todos sus maravillosos beneficios. El samaritano mantuvo sus ojos en Jesús y aceptó la sanación más profunda que él necesitaba. De manera que Jesús pudo decir: “Levántate y vete, tu fe te ha salvado.” (Lucas 17: 19)
Compartir:

VIGÉSIMO SÉPTIMO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO


Lucas 17: 5-10

Estimados amigos, Para nosotros, el trato del sirviente en el pasaje del Evangelio de hoy puede ser distrayente y perturbador. Necesitamos ir más allá de estas preocupaciones para descubrir el desafío real que Jesús nos está presentando. Es el problema de fe que nos ayuda a ver quién es Dios y quienes somos nosotros.

La fe significa entender y actuar en nuestro compromiso con Cristo y los valores del mensaje de su Evangelio. La fe es un llamado al servicio. Significa el reconocimiento constante y la respuesta a las circunstancias en nuestra situación de vida. Deberíamos darnos cuenta que este es nuestro deber, nuestro llamado al servicio. Es aceptar el orden propio de la realidad.

El corto pasaje del Evangelio de hoy es parte de una sección más larga. Jesús sigue enseñando a los discípulos lo que significa ser su seguidor. Inmediatamente, antes de la selección de hoy Jesús presentaba el desafiante problema del perdón. Para aquellos que escucharon a Jesús en persona, tanto como para nosotros ahora, es una tarea verdaderamente demandante el hecho de perdonar una vez al día, no digamos siete veces al día. “Si él se equivoca contigo siete veces en el día y vuelve las siete veces a decir “lo siento”, deberías perdonarlo.” (Lucas 17: 4) esta lección es la razón por la que los discípulos decían Señor incrementa nuestra fe.

La frase sobre la morera volando hacia el mar es otro ejemplo de lo fuerte y exagerado del lenguaje que Jesús usaba para realzar un punto. Lo que él le está diciendo a los discípulos y a nosotros, es que la poca fe que nosotros tenemos es suficiente solamente si confiamos y expresamos nuestra confianza en Dios. La fe nos permite compartir en el poder de Dios. Lo imposible se vuelve posible para la persona de fe. Por supuesto, esto requiere que aceptemos la autoridad y los horarios de Dios.

Nosotros no nos deberíamos desanimar por el trato del sirviente. Este fue un ejemplo de la realidad diaria de los que escuchaban a Jesús. Jesús no lo está aceptando ni lo está rechazando. Él lo está usando para convertir un mensaje que sus oyentes puedan comprender. El verdadero problema no es cómo el dueño trata al sirviente sino como el sirviente entiende su papel. Nos debería ayudar a entender nuestra realidad básica. Dios es Dios y nosotros somos sus criaturas. Nosotros debemos luchar contra las constantes tentaciones que tenemos de tratar de ser dios y hacer de Dios nuestro sirviente. Este fue el problema básico con Adán y Eva en el Edén. Ha sido lo mismo a través de toda la historia de la humanidad.

Jesús también está usando la parábola para enseñarnos sobre el discipulado. Necesitamos ver nuestro papel como sirvientes. Jesús está contrastando esta comprensión con la práctica constante de los escribas y los fariseos. Ellos se veían a sí mismos en una posición de privilegio y esperaban un reconocimiento especial y gran estima en todo momento. Por otro lado, el discípulo de Jesús debería buscar guiar con el ejemplo y servicio. Jesús dijo que estaba entre nosotros como uno que sirve. No podríamos tener otro ejemplo más poderoso que este que lavó los pies de los discípulos en la última cena.

Aceptarnos a nosotros como las criaturas y a Dios como el Creador pone todo en la perspectiva correcta. Quiere decir, entre otras cosas, que nunca podemos poner a Dios entre nuestras deudas. Nunca podemos tener un reclamo contra Dios. Cuando ya hemos hecho lo mejor, solo hemos cumplido con nuestro deber. No estamos viviendo en el campo de la ley con su exactitud en la medida de nuestras responsabilidades. Jesús nos ha llamado al campo del amor en donde los límites de nuestra entrega y auto sacrificio se expanden siempre hacia nuevos horizontes.

Santa Teresa de Ávila entendió su papel como criatura y como sierva con una gran exactitud. Todas sus enseñanzas y su sabiduría fluyeron de su apreciación de la verdadera humildad. Ella reconoció, con una claridad siempre en aumento y una visión, que Dios es Dios y ella una criatura. Al abrazar sus humildes circunstancias, ella aceptó a Dios como un salvador amoroso y misericordioso y ella como una humilde y pecadora sierva, pero también amada y perdonada. Ella entendió que su vida y su más profunda verdad, como la historia de la misericordia de Dios. Es lo mismo para todos nosotros. Ese es el mensaje real en la parábola de hoy.
Compartir:

VIGÉSIMO SEXTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Lucas 16: 19-31

Estimados amigos, El Evangelio de San Lucas tiene un tema recurrente sobre el reverso. La parábola de hoy sigue con este patrón. Justo en el inicio de Lucas tenemos el gran himno a María, El Magnificat: “Él ha derribado a los poderosos del trono y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y despacha a los ricos vacíos. (Lucas 1: 52-53)” En el sermón en la llanura domina este tema del reverso. La primera bendición y el primer ay del Sermón en la Llanura son una expresión concreta del mensaje de hoy. “Bienaventurados vosotros los pobres, porque vuestro es el reino de Dios” Luego en Lucas 6: 24 leemos “İ Pero ay de ustedes los ricos, porque ya han recibido su consuelo!” Después en Lucas 13: 30 encontramos “Y he aquí que los primeros serán los últimos y los últimos serán los primeros.”

La entrada de Jesús en la escena humana ha tenido muchas consecuencias. La gran reversa es una de ellas que espera por nosotros. La parábola de hoy de Lázaro y el hombre rico desconocido es un ejemplo significativo de esta puesta al revés de las cosas. Los dos personajes experimentan una profunda transformación de sus fortunas. Hay un mensaje profundo para nosotros en esta historia.

Sabemos que tenemos límites a la hora de actuar de acuerdo con el llamado que nos hace Jesús. La muerte ofrece un final a la hora de nuestra decisión. En este marco, hay consecuencias. El hombre rico muestra la naturaleza trascendental de la riqueza. Nosotros podemos poner a un lado nuestro compromiso con la caridad y la justicia por un largo tiempo.

Otra contradicción que ofrece Lucas es el desafío a la mentalidad sobre la riqueza y la pobreza en el tiempo de Jesús. La gente creía que la riqueza era una bendición de Dios y la pobreza una señal del rechazo de Dios. El gran mundo al revés de Lucas tiene una lección diferente.

La parábola de hoy, lo está haciendo más bien claro. En el esquema de Dios de todas las cosas toda riqueza, estatus, prestigio, privilegio y poder son transitorios. Luego necesitamos aprender que la posesión de algo no es absoluta. Tiene consecuencias. Cuando no aceptamos estas realidades somos objeto de la gran puesta al revés. Estos grandes cambios fluyen de la radicalmente buena nueva que Jesús nos ofrece. La historia de hoy no describe a ningún personaje como verdaderamente bueno o malo. El problema es la negligencia y la ceguera. Lucas en esta parábola que es encontrada solamente en su Evangelio, va profundo en los detalles del reverso entre Lázaro y el hombre rico. Primero, en contraste de casi toda la historia, el hombre pobre es identificado y el hombre rico aparece como un sin nombre. Luego, la disparidad en la comodidad física es dramáticamente transformada. Ahora el poderoso hombre rico ve a Lázaro como aquel que puede darle lo que él quiere. Primero es el agua y luego la ayuda para sus hermanos. En su vida el hombre rico se había conducido en una búsqueda interminable por la comodidad. Su riqueza era fuente de prestigio y poder. Sus posesiones eran un vehículo de seguridad y control. La muerte destruyó estos engaños y reveló la verdad. Hay una hipoteca social en las bendiciones de Dios. Estas necesitan ser un instrumento de justicia. En la historia de Lázaro, Jesús nos está enseñando a abrir nuestros ojos hacia los pobres a nuestro alrededor. Nuestro corazón necesita movernos para responder a los necesitados que hay en nuestra entrada, ya sea que esa entrada esté en nuestra familia, en el vecindario o en las muchas fronteras que creamos para proteger nuestra comodidad personal, comunal o nacional.

El Papa Francisco decía que un estilo de vida que es demasiado cómodo lleva a una gentrificación en el corazón. El resultado de un estilo de vida guiado por el siempre expansivo consumismo disminuye el espíritu que lleva a un aislamiento y a la negligencia hacia los pobres que hay en nuestro medio. Daña a los ojos del corazón. Nos fija en una pendiente resbaladiza en el lado equivocado del mundo del reverso que nos confronta en la historia de Lázaro.

Como los hermanos del hombre rico, la palabra de Dios nos ofrece un claro llamado a la conversión. También tenemos la ventaja agregada de experimentar al Cristo resucitado. La pregunta que debemos hacernos a nosotros mismos es si podemos ver a los pobres a nuestro alrededor. ¿Será que el Cristo resucitado nos permite ver en nuestras posesiones un instrumento de amor y servicio para aquellos que están en necesidad en nuestro mundo?

La parábola de hoy tiene una simple y clara implicación para nosotros. Necesitamos dejar nuestra cómoda ceguera y empezar a ver con un nuevo corazón enraizado en el llamado de Jesús para caminar en la luz.
Compartir:

VIGÉSIMO QUINTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

LUCAS 16: 1-13


Estimados amigos,

La parábola de hoy, del sirviente deshonesto es una de las más desconcertantes de todos los Evangelios. Al final, sin embargo, el mensaje es claro y fuerte. Necesitamos usar nuestro dinero y posesiones para ayudarnos a entrar en el reino. Puedes llamarlo una súplica para la economía del reino. Es una invitación más bien para una tarea bastante difícil. Cómo usar nuestros bienes materiales para facilitar, no para obstruir, nuestro viaje hacia el reino y la vida eterna.

La clave para entender la parábola y su fuerte enseñanza es determinar en dónde es que el sirviente cometió la injusticia. Tenía que ser en el uso anterior de los bienes del dueño. Es por eso que él está siendo despedido. El centro del desconcierto es el elogio del dueño al robo aparente involucrado en la reducción de la deuda del sirviente a los varios deudores. Esto tenía que involucrar la comisión personal del sirviente en el trato. De este modo el dueño encomendó su previsión y acción. Este es nuestro llamado: actuar para entrar en el reino.

Jesús está invitando a sus seguidores a usar su tiempo, tesoro, y talento con previsión similar. Como el sirviente, tenemos que darnos cuenta que nuestras posesiones incluyen una hipoteca. La posesión actual pertenece a otro. En el caso de los discípulos, y en nuestro caso, Dios es el dueño. Las bendiciones materiales son para ser compartidas para beneficiar al reino. El uso sabio de las riquezas al que Jesús está llamando necesita incluir las prioridades del reino. Esto sitúa al pobre, a los olvidados y a los marginados en una posición de privilegio que es muy diferente de la realidad de nuestra sociedad consumista.

En esta sección de su Evangelio, capítulos del diez al diecinueve, conocidos como el Camino a Jerusalén, Lucas muestra a Jesús enseñando las consecuencias de su mesianismo como el Sirviente Sufriente. Ser un seguidor de Cristo demanda un precio muy alto. El discipulado viene con un costo real.

El discipulado demanda un compromiso total. Lucas está consecuentemente trayendo el desafío de la riqueza y del papel que juega el dinero para los seguidores de Jesús. El cómo usamos nuestras posesiones revela nuestras prioridades. Si Jesús es verdaderamente nuestra prioridad, el enfoque en la riqueza y su atrapada de la voluntad serán medidos en cómo nos dirige hacia los valores del reino que Jesús proclama.

El mensaje de Jesús en la parábola de hoy es fuerte y sencillo: somos llamados a hacer una elección clara. El sirviente hizo esto en su visión de corto alcance de la realidad. Como discípulos, estamos llamados a la sabiduría de una conclusión decisiva en una visión de largo alcance del reino.

En el siglo IV San Ambrosio tuvo una visión sobre la riqueza y los pobres. Él comentaba sobre el hombre rico y sus graneros (Lucas 12: 16-21) “El seno de los pobres, las casas de ventanas, las bocas de los niños son los silos que duran para siempre”

El mensaje de Lucas de hoy, como con los silos del hombre rico, y a través de todo su Evangelio, ofrece una prueba para el verdadero discípulo de tomar una sabia decisión. Nosotros somos confrontados constantemente para elegir entre lo que es necesario y lo que queremos. Esta no es una elección fácil. Estamos atrapados en las garras posesivas de la industria multi billonaria de la propaganda. Estamos siendo bombardeados constantemente con una definición de felicidad que está enraizada en los valores que está muy lejos del Evangelio de Jesús. Se nos está diciendo que nuestra satisfacción total está en la punta de nuestro dedo si compramos el siguiente producto que seguramente va a satisfacer los deseos de nuestro corazón.

Por otra parte, en las profundidades de nuestro ser, tenemos un susurro suave pero inquebrantable del mensaje del Evangelio. Una respuesta fiel a la palabra de Dios será como una semilla de mostaza en el corazón, creciendo constantemente en la sabiduría y en el poder de Dios. El discipulado al cual llama Jesús es un arduo y largo viaje. Esta batalla perenne del corazón es la cosa de nuestro camino hacia adelante en las huellas de Jesús.

La parábola de hoy es una invitación para empezar el proceso para abrazar la economía del reino de Jesús. Nuestra venta de garaje necesita crecer constantemente y expandirse más conforme buscamos fondos para aquellos que están en necesidad. En el reino que Jesús está proclamando, menos es más, mucho más.
Compartir:

LLAMADO A LA SANTIDAD-2


LA LITURGIA: FUENTE Y CUMBRE DE NUESTRA FE


La incorporación de las enseñanzas del Concilio Vaticano II en la vida católica ha sido muy desigual. La experiencia común de la liturgia ha sido el área más grande de cambios y la más aceptada por los fieles.

Me gustaría compartir una historia personal que lleva a algunas reflexiones sobre la reforma litúrgica y el llamado universal a la santidad.

Fue como veinte años antes del inicio del Concilio Vaticano II, yo estaba en la misa dominical de la escuela con mi clase de cuarto grado. Las monjas mantenían una gran disciplina y orden entre los ochocientos estudiantes.

Mi crisis empezó cuando el sacerdote puso dos hostias en mi lengua a la hora de la comunión. Me horroricé y perdí cualquier perspectiva de sentido común. Traté de permanecer en la línea de regreso a mi asiento y coloqué la hostia extra a un lado de mi boca con la esperanza de devolvérsela a Monseñor después de la misa.

Estaba siendo consumido por un sentido del horror conforme la hostia se derretía en mi boca. Mi dilema era que nunca podía tocar la hostia ni recibir dos hostias. De igual manera, tenía que mantenerme en mi lugar y estar quieto. Hoy lo llamaríamos “la tormenta perfecta del horror”. Conforme la hostia se derretía en mi boca, yo estaba esperando que el suelo se abriera y que iría directamente al fuego consumidor del infierno. Para mi asombro absoluto, de alguna manera me salvé del castigo eterno en ese momento. El piso bajo mis pies seguía firme.

Tan pronto como salí de misa, corrí a la sacristía y le conté a Monseñor sobre mi historia de horror de las dos hostias. Él dijo sencillamente: “todo está bien chico” “no te preocupes por eso”. Mientras que me sentía aliviado también estaba terriblemente confuso. Me dije “¿qué rayos es esto?” de alguna manera acababa de evadir las llamas eternas del infierno y él dice “no te preocupes por eso”

Este fue el comienzo del Concilio Vaticano II para mí. Fue la primera develación del “mundo católico” que fue mi herencia inflexible y no negociable. Esta era la cultura que había evolucionado de la postura defensiva contra los protestantes en los cuatro siglos previos desde el Concilio de Trento.

El concilio Vaticano II se volvió un proceso de despojarse de la camisa de fuerza que mantenía a la disciplina católica centrada en el sexto mandamiento, misa los domingos y pesca los viernes. Caminar con Jesús quedó oculto en algún lugar del camino.

EL PREDOMINIO DEL PAPEL SACERDOTAL


En el mundo del pre- Concilio Vaticano II, la liturgia se centraba en el sacerdote. Que solo el sacerdote podía tocar la hostia era una entre las muchas prácticas comunes que fueron establecidas en respuesta a la reformación protestante.

El sacerdote era visto como un mediador entre Dios y el pueblo, el sacerdote era visto como especial, santo y fuera de las vidas ordinarias de la gente. Una cultura entera de exclusividad desarrollada para apoyar esta vista y ayudar a crear un clericalismo deformado.

En la liturgia, la misa centrada en el papel exclusivo del sacerdote. Él oraba tranquilamente en latín con su espalda hacia la gente y separado por la barandilla de la comunión. La parte principal de la misa eran las palabras especiales del sacerdote cambiando el pan y el vino en el cuerpo y la sangre de Cristo. Esto era identificado por el repicar de campanitas durante la elevación de la hostia y el cáliz.

Este énfasis en la importancia del sacerdote llevó a una gran disminución en el papel de los laicos. Mi crisis de no tocar la sagrada hostia estaba cruzando la sagrada división entre el papel exaltado del sacerdote y el papel inconsecuente de los laicos. La realidad era clara. El sacerdote era el santo, los laicos estaban a lo largo del viaje. Ellos solo necesitaban seguir las reglas y todo estaría bien porque el sacerdote estaba trayendo a Dios hacia ellos.

LA IGLESIA COMO EL PUEBLO DE DIOS


Los cambios en la liturgia mandados por el Concilio Vaticano II fueron un cambio radical de la realidad dominada por el sacerdote en los siglos que siguieron al Concilio de Trento. El cambio básico fue que la iglesia era vista ahora como el pueblo de Dios. Los sacerdotes eran parte de la gente común de fe. Ellos son distinguidos por un papel como lo es el laicado. La diferencia principal en la eucaristía no es el cambio del pan y el vino sino la transformación de la comunidad entera en el cuerpo de Cristo.

Esto se relaciona fuertemente con el llamado a la santidad universal. Esto es por lo que llamamos a la liturgia La Fuente y Cumbre de nuestra Fe. Muchos otros cambios surgieron de estas visiones básicas del nuevo énfasis en el pueblo de Dios celebrando la Eucaristía. El sacerdote no es más el celebrante. La comunidad entera celebra en unidad. El sacerdote preside sobre la celebración comunal.

El laicado ha incrementado sus papeles como lectores, ministros de la Eucaristía, ministros de hospitalidad. De igual manera, el papel de los músicos y coro ha crecido en importancia. La Eucaristía es colocada en la mano y sin la separación de la barandilla de la comunión o la puesta de rodillas.

Más importante aún, el mensaje de la celebración y los tiempos litúrgicos y la lectura de las escrituras son guiados en un énfasis central y rector en el Misterio Pascual de Cristo. Todos son definidos más exactamente no como sacerdote o laicado. Todos son discípulos de Cristo, reunidos para viajar por la vida en las huellas de Jesús. Esto es por lo que llamamos a la liturgia la fuente y cumbre de nuestra fe. Todos somos, primero y más que todo, Discípulos de Cristo.

Compartir:

Vigésimo cuarto domingo del tiempo ordinario

Lucas 15: 1-32


Estimados amigos,
Las parábolas de los dos hijos y del buen samaritano han sido un factor mayor en el desarrollo de la cristiandad como la experimentamos hoy. Sin el impacto de estas dos parábolas, nuestra percepción de la cristiandad sería muy diferente. Ellas ofrecen un gran descubrimiento en nuestra exposición a la misericordia de Dios.

Las tres parábolas en el pasaje de hoy tienen un tema primordial en común. Tienen demasiadas similitudes en sus contradicciones del sentido común. Todas señalan hacia una extravagancia sin medida de la misericordia de Dios. La historia de padre e hijos presenta un nuevo sesgo para nuestra relación con Dios. El padre no tiene preocupación sobre el pecado y el arrepentimiento. Es sobre perder y encontrar, morir y vivir.

En la actitud del padre, estamos invitados a alejarnos de un pecado y un enfoque de perdón y un entendimiento mucho más personal. En esta escena, vemos el problema como una persona perdida que ha sido encontrada. Esto conecta con la oveja y la moneda de las otras parábolas.

Necesitamos vernos a nosotros mismos como los dos hijos. Cuando nos arrepentimos, como el primer hijo, tenemos lista nuestra historia. El padre no tiene interés en la historia. Su hijo estaba muerto y ahora está vivo. El padre no tendrá nada que ver con un sirviente contratado que no tiene sentido. Este es su hijo. El anillo, las sandalias y la fiesta son todos símbolos de su bienvenida incondicional del hijo en su abrazo misericordioso. Como el pastor y la mujer, el padre sabe lo que estaba perdido y ha sido encontrado. Es tiempo de celebrar. Necesitamos vernos como el recipiente de la fiesta de la misericordia de Dios.
 
Conforme nos movemos al segundo hijo, siempre es tan fácil reconocernos, como él, como víctimas en muchas de las experiencias rotas de la vida. Similares al hostil y enojado hermano, nuestros dolores tienen un buen mérito. Sin embargo, igual que el segundo hermano, no vemos el punto que el padre ve tan claramente. No es sobre las cosas, es sobre la gente. Las posesiones y los privilegios simplemente no tienen sentido cuando los medimos contra la vida, el amor y la misericordia. “Hijo mío, tú estás aquí conmigo siempre; todo lo que tengo es tuyo. Pero ahora debemos celebrar y regocijarnos, porque tu hermano estaba muerto y vuelto a la vida; estaba perdido y lo hemos encontrado.” (Lucas 15: 32)

Esta historia en sí, se abre a un inmenso número de interpretaciones. Todas ellas exponen nuestra condición humana en la profundidad y amplitud de su realidad fracturada. Es este mismo quebrantamiento el que despliega la misericordia de Dios. Nos gusta decir que esta misericordia no conoce límites. Las acciones del Padre nos ayudan en nuestro viaje de la cabeza hacia el corazón cuando ponderamos este gran misterio de un Dios llamándonos al banquete de la vida a pesar de nuestra pecaminosidad.
Todos los grandes maestros espirituales de la tradición cristiana enfatizan que la única manera de conocer a Dios es conocernos nosotros mismos primero. La historia de los dos hermanos nos muestra esta profunda verdad. Solamente cuando ellos aceptan su propia debilidad están listos para empezar a apreciar la maravilla y la magnificencia del amor y de la misericordia del padre.
 
Nosotros nunca descubrimos si el hermano mayor estaba listo para romper la ceguera de la relación comercial por la cual él definía a su padre. Lo que sabemos es que el padre fue implacable en su búsqueda de sus dos hijos. La elección de ellos fue aceptar o rechazar este amor y misericordia. Por parte del padre, solo estaba la oferta continua de amor y la invitación al banquete.
 
El mensaje llega en muchos y diferentes niveles. Dios está siempre aceptándonos. Dios siempre está perdonándonos. Dios siempre está buscándonos. Al final, el llamado no podría ser más claro. Debemos permitir que la misericordia de Dios y su amor definan y dirijan nuestras vidas en cualquier manera posible. 

Compartir:

LLAMADO A LA SANTIDAD-1


I
El llamado del Bautismo a la santidad


Este blog, Orando Solos Juntos, tiene una meta clara. Espera enseñarle a la gente a orar con una profundidad que producirá cambios personales significativos. Se propone alcanzar la purificación personal para alejarse del egoísmo y la pecaminosidad que están escondidos. Espera iluminarle los valores del Evangelio. Finalmente busca una transformación personal para prepararlo para una experiencia de Dios, más profunda y más pura.

Es problemático exponer tal meta clara para la mayoría de católicos. Ellos son participantes en una cultura católica que es mucho menos demandante. Para la mayoría de católicos, el problema es ir a la iglesia regularmente, decir sus oraciones, y asegurarse que toda la familia tiene un entendimiento claro de la fe y vivir una buena vida. Básicamente, es un esfuerzo cubrir sus apuestas por los rituales religiosos y sus prácticas, luego vivir su vida hasta la siguiente crisis.

El Concilio Vaticano II tiene dos enseñanzas básicas sobre la espiritualidad que desafía esa práctica religiosa que es menos demandante. La primera es esta. Hay un llamado universal a la santidad. La segunda es que esta santidad viene por medio de una espiritualidad que participa y compromete con el mundo. La voluntad de Dios para cada ser humano es su santificación personal. El católico promedio no tiene interés en ser un santo. La mayoría solo quiere ser un buen católico.

En esto nos ponemos cara a cara con el problema. Hay por lo menos tres factores en la cultura católica general que secretamente rechaza el llamado a la santidad del Concilio Vaticano II que es fundamental para este blog, Orando Solos Juntos.

La primera dificultad es el cómo miramos a los santos. La segunda es la perspectiva sobre esos que han dejado el mundo por la vida religiosa para seguir más auténticamente el Evangelio. La tercera es cómo vemos a los sacerdotes como mediadores entre Dios y los laicos.

La cultura católica ve a los santos como espectacularmente santos. Ellos están en un nivel totalmente diferente que los paisanos ordinarios. Esto lleva a la mayoría de gente a sentir que ellos no están llamados a ser santos. Sin embargo, todos están llamados en una manera ordinaria y sencilla a ser santos al vivir en una forma auténtica y amorosa. Necesitamos movernos más allá del obstáculo de los santos ampliamente heroicos. Necesitamos darnos cuenta que tenemos la oportunidad de ser santos en el fluir de los eventos comunes de la vida cotidiana en nuestra propia vida.

El segundo obstáculo para poner la santidad laica inherente a la cultura católica es la idea de que la santidad es para aquellos que se retiran del mundo y tienen una vida religiosa completa. Ellos dejaron todo para ayudar a la persecución de la santidad. El resto son vistos como ciudadanos de segunda clase y quedan excusados en el juego de la santidad.

El tercer obstáculo es el papel percibido de los sacerdotes. El sacerdote es percibido como en un pedestal y llamado a un grado mucho más grande de santidad. Él es otro Cristo. Él es identificado como un mediador con Dios.

El papel del Bautismo


El llamado universal a la santidad del Concilio Vaticano II está enraizado en el propio entendimiento del bautismo. Todos los bautizados son miembros de la comunidad de fe, que es el cuerpo de Cristo. Todos los bautizados están llamados a vivir la plenitud del llamado del Evangelio. Los votos de los religiosos son simplemente un medio diferente de alcanzar esta meta común. El sacerdote no está separado de la comunidad pero tiene un papel particular en el pueblo de Dios. El bautismo es el gran sacramento de igualdad y la entrada en esta comunidad santa.

En la iglesia primitiva, todos los miembros eran llamados santos. Santo Tomás de Aquino vio la vocación cristiana como caridad, amar a Dios y amar al prójimo. Los votos de los religiosos son simplemente un medio diferente para esa meta común compartida por todos. Como muchas otras cosas relacionadas con la religión, esta verdad básica del llamado universal a la santidad fue distorsionada con el paso de los siglos. Pone a los religiosos que han tomado sus votos en un papel irrealista y distorsionado en la comunidad de fe.

Un buen ejemplo de esto fue el shock ocasionado cuando muchas monjas eligieron no usar el hábito religioso. Esto no tenía nada que ver con su persecución del Evangelio. Muchas de las monjas lo vieron como un paso hacia la libertad en su búsqueda de Dios.

La verdad básica y verdaderamente sobrecogedora es esta. El bautismo, que nos une a todos con Cristo, nos hace miembros del pueblo de Dios. Es como miembros del pueblo de Dios que compartimos el llamado a la santidad. Este llamado universal necesita ser la fuerza que guía en la vida de todos, no importa que papel puedan tener en la comunidad. Las raíces de este llamado bautismal a la santidad no permiten separación, elevación o jerarquía entre los miembros de la comunidad de fe. Esta norma básica es la igualdad.

Todos somos hermanos y hermanas. Algunos tienen el papel de servir en la búsqueda común de ser uno con Dios en el amor.

La Cultura Católica


Es imposible practicar nuestra religión sin una cultura. Sin embargo, todas las culturas se comparten en la condición humana de pecado y gracia. Cada cultura religiosa debe ser evaluada por los estándares del Evangelio. Esto es lo que el Concilio Vaticano II hizo en relación a la espiritualidad y el llamado a la santidad.

El punto de interés aquí que es inherente a la cultura católica, hay por lo menos tres obstáculos para la aceptación común del llamado bautismal a la santidad.

En los siguientes blogs de esta serie intentaré seguir desarrollando estos puntos de interés sobre el llamado universal a la santidad junto con la necesidad de vivirlo en medio de nuestras vidas diarias en este mundo.
Compartir:

VIGÉSIMO TERCER DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Lucas 14: 25-33


Estimados amigos,

Estas palabras de Jesús son muy fuertes. De hecho son las más extremas para expresar las demandas del discipulado en todos los Evangelios. De igual manera, estas mismas palabras son probablemente las más olvidadas.

Está claro en el resto del Evangelio que Jesús no quiere decir que “odiemos” a nuestros seres queridos, lo que quiere decir es que debemos poner primero a Jesús. Es simplemente una cuestión de prioridades expresada en el estilo del idioma en el tiempo de Jesús. Esto deja un gran espacio para la preocupación y compasión para nuestros seres amados.

En segundo lugar, la llevada de la cruz es un componente no negociable de caminar con Jesús, de ser un discípulo. Es claro y evidente. Seguir a Jesús tiene un precio elevado. Tenemos que morir a nuestro egoísmo. Tenemos que tirar los valores mundanos como el éxito y la prosperidad. Tenemos que liberarnos de los embragues de la penetrante mentalidad consumista de poseer lo más grande y lo mejor. Las palabras contundentes de Jesús no dejan lugar a dudas; el verdadero discipulado es un asunto costoso.

La claridad y el poder de los términos de Jesús y el llamado a tomar la decisión con mucha frecuencia llevan ya sea al descuido del discipulado o a la reducción como un compromiso hacia un Jesús más cómodo y conveniente. Esta distorsión de un Jesús popular ha sido un desafío a través de la historia cristiana. Los mismos elementos del poder de la riqueza, el privilegio y el poder en sí que Jesús atacó en todas sus enseñanzas, ministerios y vida, también con frecuencia son los valores operativos de sus seguidores y de la iglesia. La iglesia siempre ha sido cargada con muchos más discípulos simbólicos que por verdaderos seguidores de Cristo.

El pasaje del Evangelio de hoy lo hace más que evidente. Jesús demanda que lo sigamos en sus términos. Jesús hace obvio que todo lo demás tenga sentido a la luz de este compromiso. Todos los demás amores deben encontrar su verdadero significado y dirección del amor de Jesús.

Cuando tomamos el mandato de tomar la cruz en aislamiento, puede ser atemorizante y más que difícil. Sin embargo, encontramos esta vista mucho más atractiva cuando situamos este llamado al verdadero discipulado en el contexto del llamado de Jesús hacia el Reino. Aquí somos invitados a compartir la conquista del pecado, de la injusticia y de la eventual muerte de esta vida. Estamos invitados a la forma de amar del reino y de la vida eterna. Las palabras de Jesús “mi yugo es suave y mi carga ligera” (Mateo 11:30) tienen verdadero sentido.

Jesús nos pide calcular nuestra decisión en base a la victoria final. Esa victoria no vendrá de la comodidad y la riqueza, la indulgencia y el prestigio. Todo esto pasará, la última victoria es la conquista de la cruz sobre el mal de este mundo. La victoria decisiva es la cruz como el instrumento de la nueva vida y el amor eterno que viene en el verdadero discipulado hacia el Cristo resucitado. No hay pago demasiado alto por este tesoro que empieza ahora cuando nosotros caminamos con Jesús en el camino del amor. Este amor que fluye del verdadero discipulado empieza con nuestros seres amados pero siempre expandiendo hacia nuevos horizontes. Alcanza las periferias de los olvidados y de los que hemos dejado abandonados.
Compartir:

VIGÉSIMO SEGUNDO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO


Lucas 14: 1, 7-14


Estimados amigos,

El pasaje del Evangelio generalmente tiene muchos niveles. En el de hoy parece que Jesús nos está ofreciendo algún consejo práctico. Hace contacto en dos costumbres muy fuertes que había en sus días. La hospitalidad y la reciprocidad. Las dos estaban empapadas en la idea del estatus y el reconocimiento enraizado en falsos valores de prestigio, poder y privilegio: “Haces algo por mí y yo te devolveré el favor” “Bienvenido a mi club privado y especial”

Jesús, sin embargo, va mucho más profundo. La enseñanza de Jesús es sobre la transformación de los falsos valores del mundo. Él está proclamando la verdad del Reino. La enseñanza fundamental es la humildad. Esto significa reconocer quien es Dios y quienes somos nosotros. Es todo sobre el creador y la criatura. Estamos siendo llamados a un discipulado humilde que reconoce la presencia de Dios en todo, especialmente, los pobres, los olvidados y los marginados. Estamos siendo llamados a una nueva mentalidad, a compartir la visión con Jesús al identificar y servir con una actitud humilde que exalta al otro y no a nosotros mismos.

Jesús nos ofrece dos maneras prácticas que tienen ramificaciones para abrir las maravillas del mensaje del Evangelio. Esta iluminación nos dirige por el misterio del tema de reverso de Lucas. El servicio prevalece sobre el prestigio y el privilegio. La humildad reina tan claramente en contraste con las exaltaciones del mundo de la propia riqueza, el poder y la prominencia.

El sistema honor/vergüenza y el programa de auto servir reciprocidad en el tiempo de Jesús y el de nuestro tiempo le da paso al desafío del Evangelio. Jesús está llamando a un cambio revolucionario de mentalidad que penetra nuestro corazón y estilo de vida.

Lucas sitúa la enseñanza de hoy en el contexto de una comida. Muchas de las enseñanzas de los evangelistas son presentadas durante el compartir de una comida. Se ha dicho que podemos comer en nuestro camino a través del Evangelio de Lucas. Obviamente, Jesús siempre estaba invitando a sus seguidores a entrar a un nivel mucho más profundo de la experiencia humana que prácticos conocimientos de mesa. Él siempre está dirigiéndonos a la presencia de Dios que se abre a las cosas de la vida diaria hacia el misterio más profundo.

Lucas pone énfasis especial sobre la misión de Jesús para poner el mundo de cabeza. Él pone gran importancia en el tema de reverso: “Porque todo aquel que se exalte será humillado, pero aquel que se humille será exaltado” (Lucas 14: 11)

Las enseñanzas de hoy son dadas en forma de parábolas, el mensaje es sobre el reino: el gran reverso que está por venir. Estamos llamados a recibir al pobre y al más pequeño. Ahí encontraremos a Dios. Lo grande y poderoso de este mundo encontrará su destino enormemente falto y disminuido en el nuevo mundo de cabeza del reino. El llamado para nosotros en este gran reverso es ir más allá poniendo un chequecito o dando una limosna a la verdadera hospitalidad.

La hospitalidad en la enseñanza de Jesús no es un gesto simbólico sino un verdadero sacrificio e involucramiento con aquellos en necesidad en nuestro medio. Con mucha frecuencia, es en forma de recaudación de fondos y no servicio, sentirse bien y no entregarse que es lo que en realidad nos hace salir de nuestra zona de confort.

Jesús estaba desafiando las costumbres atrincheradas de servicio en sus días: un sentido distorsionado de hospitalidad y reciprocidad. Jesús está llamándonos a ir verdaderamente más allá del auto interés de compartir nuestra mesa y nuestra vida con aquellos que están en necesidad en nuestro medio. Esto no es una tarea fácil. Comparte el desarraigado y destrozado mundo de todas las dimensiones de las enseñanzas de Jesús. Con mucha frecuencia, las prácticas ordinarias de nuestro “ayudar a aquellos en necesidad” prueban ser un obstáculo y un estorbo en el mensaje del Evangelio de este día. Más frecuentemente que no, es más sobre auto satisfacción que sacrificio personal.

En el gran reverso del reino de Dios, Dios será el anfitrión. Como nos enseña Lucas en el Magnificat (Lucas 1: 51-53) y en las Bienaventuranzas y lamentos (Lucas 6: 20-26) los pobres y desamparados tendrán un lugar especial. La manera del mundo que se envuelve en actividad de auto servicio, en las actividades revueltas de la falsa hospitalidad y reciprocidad, llegarán a un final aplastante. Dios, como el anfitrión del banquete celestial estará al cuidado de todos los humildes y exaltados. Estas son las Buenas Nuevas: todos tenemos una invitación a la mesa. Los invitados serán medidos por servicio y no por prestigio y riqueza. El boleto es un corazón y una vida comprometidos en ayudar verdaderamente a aquellos que están en necesidad.
Compartir:

VIGÉSIMO PRIMER DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Lucas l3: 22-30

Estimados amigos. La religión es siempre un problema que tiene varios lados. La cizaña y el trigo son una preocupación que está siempre presente. Hay mucho egoísmo que tiene lugar en nombre de Jesús. Con mucha frecuencia, lo que parece correcto es una búsqueda de la grandiosidad personal. San Lucas es muy fuerte al presentar el tema del reverso que dirige el problema de la auto-búsqueda espiritual. Hoy nos acercamos al Evangelio con otra expresión de Lucas que con frecuencia es repetida en el tema de reverso “Aquellos que sean los últimos, serán los primeros. Y los que sean primero, serán los últimos” (Lucas 13: 30)

Hay muchos que se hacen llamar cristianos y con frecuencia se imaginan a sí mismos como guerreros cristianos. Su trabajo principal es “atacar los pecados de los demás”. Alguna gente está a tiempo completo contra el aborto, contra la homosexualidad y otros cruzadistas contra el racismo y aquellos que están en contra de la reforma de inmigración. Ellos están completamente ocupados señalando cuan horribles son las otras personas. Otros tienen trabajo a tiempo completo señalando con su dedo a las personas que no observan en lo más mínimo las leyes de la liturgia, de la iglesia y de los sacramentos.

Un mensaje claro en el Evangelio de hoy es que todo mundo está invitado. Sin embargo, necesitamos trabajar en ello; necesitamos una responsabilidad personal primero y principalmente si vamos a participar en la gran fiesta que es el Reino de Dios.

La universalidad es una parte central del mensaje de Jesús que siempre está bajo ataque. Aún estamos en constante batalla con la exclusividad sobre si es una cuestión de racismo o de orientación sexual, el estatus inmigrante u origen étnico. Siempre hay algún punto sobre los problemas transgéneros que se están dando hoy en día. “Ellos contra nosotros” nunca se aleja de los encabezados.

La declaración de Jesús hoy es un llamado a despertarnos. “Yo no sé de dónde eres.” (Lucas 13: 25)

Jesús es muy claro sobre estos problemas “Por qué te fijas en la pelusa en el ojo de tu prójimo y no miras la viga que está en el tuyo…tú hipócrita remueve la viga de tu ojo primero.” (Mateo 7: 3-5)

Está muy claro que ser acomodador, lector, ministro de la eucaristía o miembro del comité de liturgia, puede ser muy admirable pero no es la preocupación principal. Jesús nos invita a ser humildes y siervos que perdonan en una iglesia de pecadores que buscan juntos la misericordia de Dios.

Santa Teresa de Ávila tiene dos enseñanzas fundamentales que dirigen al Evangelio de hoy. Jesús nos está diciendo que escuchemos su mensaje y que lo vivamos. Para hacer esto necesitamos conocernos a nosotros mismos. Teresa lo repite una y otra vez que el camino hacia Dios es primero y principal guiado por el auto conocimiento. Necesitamos saber que somos pecadores, pero pecadores amados y perdonados. Es por eso que la gran mística Carmelita dice que la historia de nuestras vidas es siempre, en el análisis final, la historia de la misericordia de Dios.

Este tema de la misericordia fue el centro del mensaje del Papa Francisco que inspiró y deleitó al mundo. Él dijo que ser un cristiano no era nunca caer y fallar. Esa debilidad humana es parte del viaje para todos nosotros. Es levantarse otra vez y abrazar la misericordia de Dios que está siempre ahí como una opción crítica para todos nosotros.
Compartir:

VIGÉSIMO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

LUCAS 12:49-53

Queridos amigos, Cualquier versión verdadera del Evangelio debe balancear dos elementos que están en tensión uno con el otro. Esta es la experiencia de la comodidad genuina en un desarraigo desafiante. La promesa de paz de los ángeles en el nacimiento de Jesús debe ser incorporado en el viaje de Jesús a Jerusalén y la pasión y muerte. El pasaje del Evangelio de hoy nos invita a buscar el balance entre el mensaje de esperanza y el encuentro profético del dolor y el conflicto que siempre nos confronta cuando elegimos colocar a Jesús primero que todo lo demás.

En el Evangelio de hoy nos encontramos uniéndonos a Jesús en el viaje a Jerusalén. Los diez capítulos de Lucas dedicados a este pasaje son en su mayoría una invitación para entrar en las enseñanzas de Jesús. Esta larga selección del Evangelio de San Lucas son una experiencia fundamental y esclarecedora de la realidad básica humana: el conflicto entre el bien y el mal.

Seamos conscientes o no, estamos totalmente inmersos en este conflicto. A través de Lucas, Jesús nos está diciendo que debemos tomar una decisión. Esta elección tiene consecuencias. Habrá fuego y división. Jesús ve su misión, concretada en el camino a Jerusalén, de exponer la realidad oculta por el engaño y la corrupción envueltos en el falso rostro de una práctica religiosa que no quiere ofender a nadie.

Cualquier experiencia religiosa auténtica siempre necesita la dimensión profética. Jesús abrazó este papel del profeta. Vino al mundo para atacar su mediocridad, su indiferencia y, sobre todo, su cautiverio en el mal. Jesús declara su deseo de fuego y bautismo. Este fue su destino desde el principio: la muerte redentora en la cruz que desataría la tormenta de fuego del Espíritu Santo.

Este conflicto final del bien y el mal fue revelado en la vida de Jesús, en su muerte y resurrección. Su proclamación del Reino expone una realidad que ya está en su lugar aunque esté oculta. Él busca destruir las divisiones que fluyen del pecado y la injusticia. El fuego y el bautismo del amor salvador de la Cruz conducen a la verdadera unidad y paz de la que el ser humano tiene hambre. Sin embargo, su mensaje y su vida, y especialmente la muerte y resurrección, atacan la fachada superficial de paz que evita y está cegada por la verdadera violencia de la pobreza desenfrenada, el sufrimiento, la separación y el aislamiento de "los demás". La verdadera paz siempre tiene el costo del sacrificio para todos ya sea en nuestra familia o en países distantes.

Cuando Jesús habla de la división en la familia en la selección del Evangelio de hoy, estaba exponiendo las duras realidades que su presencia desató en el mundo. El fuego y la división no son negociables en el camino a Jerusalén. Nosotros, como iglesia, como parroquia y como individuos, necesitamos examinarnos a nosotros mismos a la luz de este encuentro con la palabra de Dios. ¿Molestamos a alguien por nuestro compromiso con Jesús? ¿El nivel de nuestra comodidad permite suficiente espacio para vivir el desafío del verdadero Evangelio? ¿Hemos reducido el mensaje de Jesús a una práctica religiosa inofensiva que no molesta a nadie?

La palabra de Dios siempre desafía la aceptación irreflexiva de la falsa paz. La palabra de Dios producirá constantemente confusión y desarraigo a medida que conduce al verdadero camino de la paz que está arraigado en la justicia y la preocupación por los pobres y el clamor de la tierra. El amor nunca está exento de costos. Jesús nos desafía a estar en llamas por el Señor. Es por eso que sus prioridades trascienden incluso el más profundo de los amores humanos en la familia o en otros lugares.

La verdadera paz exige conversión. Esta es la transformación personal que acepta a Jesús como el centro. Sólo un corazón comprometido con Cristo experimentará esta verdadera paz. Jesús creará un corazón en verdadera armonía que nos librará del engaño del mal y de una cómoda mediocridad de indulgencia e indiferencia. La verdadera paz en Cristo transforma todo amor humano en el verdadero amor que brota del divino Misterio del Amor.
Compartir: