Mateo 15: 21-28
Estimados amigos, En los días de Jesús y desde los inicios de la historia de la familia de Abraham siempre atesoraron su herencia como el “pueblo elegido.” Es difícil para nosotros comprender cuan profundamente, los judíos en el tiempo de Jesús se vieron a sí mismos como el Pueblo Elegido de Dios ante la exclusión de todos los demás pueblos. Penetró e impregnó su realidad con una clara visión y un conjunto de protocolos extremadamente guardados que definían toda la interacción social con los gentiles. Los judíos amaban esa posición dada por Dios de privilegio y unicidad entre todos los pueblos.
El dialogo entre Jesús y la mujer cananea realmente nos desafía. Nosotros también necesitamos estar alertas de otra verdad muy profunda que está ocurriendo en este bello evento. El Dios de Jesús es el Dios de los Judíos. Era, sin embargo, el pueblo elegido por el que Jesús entró al mundo. El Dios de Jesús es el Dios de los judíos. La fe de la mujer en Jesús tuvo maravillosas consecuencias personales en la sanación de su hija. También desveló una gran verdad para los gentiles. Ellos vienen a Dios por la fe en Jesús.
La primera iglesia cristiana luchó por dos generaciones para romper las ataduras de esta esclavitud de exclusividad. A través de la historia, la iglesia, y todas las sociedades, han seguido manufacturando varias expresiones de este elitismo.
La historia de hoy del evangelio de San Mateo es tan relevante como el último titular de las noticias de la tarde.
Con el paso de los siglos, las voces de los cristianos han producido algunas fantasías increíbles para explicar el lenguaje tan áspero de Jesús dirigido a la mujer cananea. Sigue representando lo que es: una declaración del prejuicio ciego de sus tiempos. Me gustan especialmente aquellos que dicen que era protocolo y no prejuicio.
La historia está llena con protocolos que vinieron de leyes que simplemente escondían el prejuicio de ese tiempo detrás de una fachada legal. En Irlanda en 1710, una ley dijo que todos los lideres militares y del gobierno debían recibir los sacramentos de la iglesia de Inglaterra. Esta fue la primera de un conjunto de leyes penales que llevaron a la opresión y la pobreza de los irlandeses por más de dos siglos. En 1896, la Corte Suprema de Estados Unidos declaró que separado, pero igual era aceptable bajo la ley. Esto llevó al sistema de segregación que intentó deshumanizar a los afroamericanos durante décadas con frases como: “blancos solamente” y “el último asiento en el bus”, conjunto de protocolos que fueron considerados legales y correctos.
Con el pasaje de la Décimo novena enmienda en 1920 las mujeres finalmente cambiaron otro protocolo y ganaron el derecho a votar. Esto fue un gran paso en la lucha que continua hasta el día de hoy por la igualdad para las mujeres.
Cuando esta madre que pasaba una situación difícil confrontó a Jesús, ella estaba mostrando el camino para los oprimidos de toda la historia humana. Su acción y sus palabras eran una declaración sencilla de su dignidad sin importar lo que los protocolos y los prejuicios de su tiempo tenían para decir en su contra. En uno de los gestos más conmovedores de todos los evangelios, ella se arrodilla ante Jesús en total vulnerabilidad y ruega por ayuda.
Su ingenio giraba en torno a las palabras distantes de Jesús. Sin embargo, al final fue su fe la que movió a Jesús a expandir su misión cuando Él abrazó su dolor y sanó a la pobre niña.
Jesús vio y escuchó esta declaración de derechos humanos y empezó un viaje hacia la inclusividad que continúa para nosotros hoy en día. La gracia de Dios y el amor de Dios son para todos. No importa que tan profundas o expansivas sean las normas culturales, legales o teológicas que se usan para apuntalar los muros de aislamiento y separación.
En su brillante y sencilla respuesta a Jesús, la mujer cananea estaba hablando por todos nosotros. Somos los hijos de Dios. Después de tres confrontaciones, Jesús vio la luz y celebró su verdad expresada en su fe. Su hija fue sanada. Todos nosotros seguimos la sanación cada vez que vamos más allá de los protocolos aceptados y el prejuicio legalizado y abrazamos la humanidad de los “extranjeros.” No importa si el excluido es el ilegal, el musulmán, el homosexual o lesbiana, o simplemente una suegra o un suegro.
En nuestro tiempo, y a través de la historia, hemos usado etiquetas en nombre de lo correcto para esconder el odio y todas las formas de discriminación y actividad deshumanizadora. El anti semitismo ha sido proclamado y practicado a través de la historia en nombre de la religión cristiana. En la historia americana, hemos creado constantemente una hostilidad hacia los inmigrantes en nombre de la verdadera fe cristiana hoy, el racismo y todas las formas de hostilidad hacia el inmigrante se esconden detrás de una etiqueta honorable de nacionalismo cristiano.
El mensaje del evangelio de hoy nos invita a movernos más allá de la sencillez de las etiquetas a la realidad de la presencia de Dios en cada ser humano.
El corazón humano tiene una capacidad aparentemente infinita para dividirnos en “nosotros” y “ustedes.” El mensaje del evangelio de hoy es una invitación a alejarnos de la interpretación del sentido común de la realidad hacia la maravilla del mensaje del evangelio que Jesús modela para nosotros hoy. A través del poder del amor al extranjero abrazamos el potencial para transformar nuestro mundo quebrado en la maravilla del reino de Dios.
El dialogo entre Jesús y la mujer cananea realmente nos desafía. Nosotros también necesitamos estar alertas de otra verdad muy profunda que está ocurriendo en este bello evento. El Dios de Jesús es el Dios de los Judíos. Era, sin embargo, el pueblo elegido por el que Jesús entró al mundo. El Dios de Jesús es el Dios de los judíos. La fe de la mujer en Jesús tuvo maravillosas consecuencias personales en la sanación de su hija. También desveló una gran verdad para los gentiles. Ellos vienen a Dios por la fe en Jesús.
La primera iglesia cristiana luchó por dos generaciones para romper las ataduras de esta esclavitud de exclusividad. A través de la historia, la iglesia, y todas las sociedades, han seguido manufacturando varias expresiones de este elitismo.
La historia de hoy del evangelio de San Mateo es tan relevante como el último titular de las noticias de la tarde.
Con el paso de los siglos, las voces de los cristianos han producido algunas fantasías increíbles para explicar el lenguaje tan áspero de Jesús dirigido a la mujer cananea. Sigue representando lo que es: una declaración del prejuicio ciego de sus tiempos. Me gustan especialmente aquellos que dicen que era protocolo y no prejuicio.
La historia está llena con protocolos que vinieron de leyes que simplemente escondían el prejuicio de ese tiempo detrás de una fachada legal. En Irlanda en 1710, una ley dijo que todos los lideres militares y del gobierno debían recibir los sacramentos de la iglesia de Inglaterra. Esta fue la primera de un conjunto de leyes penales que llevaron a la opresión y la pobreza de los irlandeses por más de dos siglos. En 1896, la Corte Suprema de Estados Unidos declaró que separado, pero igual era aceptable bajo la ley. Esto llevó al sistema de segregación que intentó deshumanizar a los afroamericanos durante décadas con frases como: “blancos solamente” y “el último asiento en el bus”, conjunto de protocolos que fueron considerados legales y correctos.
Con el pasaje de la Décimo novena enmienda en 1920 las mujeres finalmente cambiaron otro protocolo y ganaron el derecho a votar. Esto fue un gran paso en la lucha que continua hasta el día de hoy por la igualdad para las mujeres.
Cuando esta madre que pasaba una situación difícil confrontó a Jesús, ella estaba mostrando el camino para los oprimidos de toda la historia humana. Su acción y sus palabras eran una declaración sencilla de su dignidad sin importar lo que los protocolos y los prejuicios de su tiempo tenían para decir en su contra. En uno de los gestos más conmovedores de todos los evangelios, ella se arrodilla ante Jesús en total vulnerabilidad y ruega por ayuda.
Su ingenio giraba en torno a las palabras distantes de Jesús. Sin embargo, al final fue su fe la que movió a Jesús a expandir su misión cuando Él abrazó su dolor y sanó a la pobre niña.
Jesús vio y escuchó esta declaración de derechos humanos y empezó un viaje hacia la inclusividad que continúa para nosotros hoy en día. La gracia de Dios y el amor de Dios son para todos. No importa que tan profundas o expansivas sean las normas culturales, legales o teológicas que se usan para apuntalar los muros de aislamiento y separación.
En su brillante y sencilla respuesta a Jesús, la mujer cananea estaba hablando por todos nosotros. Somos los hijos de Dios. Después de tres confrontaciones, Jesús vio la luz y celebró su verdad expresada en su fe. Su hija fue sanada. Todos nosotros seguimos la sanación cada vez que vamos más allá de los protocolos aceptados y el prejuicio legalizado y abrazamos la humanidad de los “extranjeros.” No importa si el excluido es el ilegal, el musulmán, el homosexual o lesbiana, o simplemente una suegra o un suegro.
En nuestro tiempo, y a través de la historia, hemos usado etiquetas en nombre de lo correcto para esconder el odio y todas las formas de discriminación y actividad deshumanizadora. El anti semitismo ha sido proclamado y practicado a través de la historia en nombre de la religión cristiana. En la historia americana, hemos creado constantemente una hostilidad hacia los inmigrantes en nombre de la verdadera fe cristiana hoy, el racismo y todas las formas de hostilidad hacia el inmigrante se esconden detrás de una etiqueta honorable de nacionalismo cristiano.
El mensaje del evangelio de hoy nos invita a movernos más allá de la sencillez de las etiquetas a la realidad de la presencia de Dios en cada ser humano.
El corazón humano tiene una capacidad aparentemente infinita para dividirnos en “nosotros” y “ustedes.” El mensaje del evangelio de hoy es una invitación a alejarnos de la interpretación del sentido común de la realidad hacia la maravilla del mensaje del evangelio que Jesús modela para nosotros hoy. A través del poder del amor al extranjero abrazamos el potencial para transformar nuestro mundo quebrado en la maravilla del reino de Dios.















