Juan 20: 19-31
Nadie estuvo en la montaña rusa de emociones más que Pedro. Primero, escuchamos su protesta en la Última Cena: “Tú nunca lavarás mis pies” luego, de una manera inmediata dice: “Maestro, entonces no solo mis pies, sino también mis manos y mi cara” (Juan 13: 8-9) justo después de eso: “Yo daría mi vida por ti” (Juan 13: 37) entonces, unas horas después de dormirse en el Huerto, nos asombramos al escuchar: “Entonces la mujer que vigilaba los portones le dijo a Pedro, “¿Tú no eres uno de sus hombres?” Pedro dijo, “No lo soy” (Juan 18: 17) finalmente, Pedro tiene una idea del horror de todo eso y de su debilidad personal: “Él salió y lloró amargamente.” (Mateo 26: 75)
Para Pedro y los otros discípulos, fue una pequeña caída de la arrogancia total a la devastación total. Ellos, que estaban anhelando el regalo de poder, riqueza, prestigio y privilegio, ahora estaban sumergidos en sueños aplastados y encerrados en temor y desesperanza. Lentamente, ellos se dieron cuenta que los eventos del fin de semana los habían expuesto como perdedores por desperdiciar tres años de sus vidas persiguiendo una ilusión. Ahora, había un peligro más grande en su puerta. Ellos de hecho estaban enfrentando el riesgo de prisión, y talvez incluso podían perder sus vidas.
El manejo de la crisis no les dio mucho tiempo para permitir que vieran que la profundidad de su cambio de circunstancias era para hundirse. De igual manera, ellos eran incapaces de ver con claridad la amplitud de su cobardía personal. Su increíble abandono de Jesús fue una negación chocante de tres años de discipulado e intimidad a los pies de Jesús. Su viaje de autoconocimiento estaba experimentando una invitación tumultuosa hacia una nueva y alarmante iluminación.
Entonces, en medio del dolor, del temor, de la pérdida y de la pronunciada confusión, ellos lo ven y lo oyen, “La paz esté con ustedes” (Juan 20: 19)
Ellos tenían mucha experiencia con el mundo de cabeza de Jesús. Sin embargo, nada los preparó para esto. En un instante, la derrota y la falla son ahora victoria y triunfo. La oscuridad es ahora luz. El abandono abre al abrazo. El pecado y la negación son lavados en amor, misericordia y sanación. En verdad, “La paz esté con ustedes.”
La iglesia es muy sabia al llamarnos a ponderar y a orar sobre este asombroso misterio de la resurrección para las próximas siete semanas. Hay muchas cosas buenas que aprender.
Si estamos dispuestos a ir suficientemente profundo, gradualmente veremos la historia de nuestras vidas en la vulnerabilidad de los discípulos. Veremos que nosotros, igual que los discípulos en el cuarto con llave, estamos siendo llamados a salir del dominio y control de nuestro temor y nuestras ansiedades. Se nos está ofreciendo el más magnifico de todos los regalos en esperanza. Tenemos ante nosotros el despliegue brillante de la misericordia de Dios, “Aquellos a quienes perdonen sus pecados, les serán perdonados.” (Juan 20: 23) es por esta razón que este segundo domingo de pascua está dedicado a recordar y a celebrar la misericordia de Dios.
Las lecturas de este segundo domingo de pascua, proclaman la presencia del Señor resucitado en medio del reino de temor, escepticismos y aprensión. En esta fiesta de la pascua Jesús viene a nosotros con paz y sanación. Él nos ofrece valor y alegría indescriptible.
Igual que los discípulos, somos amados en nuestro quebrantamiento. Somos aceptados en nuestra debilidad y pecaminosidad. Lentamente, obtendremos una débil luz del amor que Jesús tiene para nosotros. Es sin límite y sin condición. Es un tesoro tan rico y espléndido que difícilmente podemos empezar a darnos cuenta. Ya sea que lo entendamos o no, la meta de nuestro viaje espiritual en la vida es permitir que el poder y la belleza de este amor nos transforme en una nueva creación justo como hizo con los discípulos.
En verdad, Cristo ha resucitado, ¡Aleluya! Cuando permitimos que este misterio penetre la realidad más profunda de nuestro ser, nada volverá a ser lo mismo otra vez. Necesitamos estar entre aquellos que creen y aman a Jesús aun cuando no lo hemos “visto”. En Él tenemos paz, esperanza y alegría indescriptible. La maravilla del amor de Dios esta siempre ahí. Estamos invitados a entrar en este amor a través de nuestra celebración de pascua. Necesitamos permitir que el Aleluya nos traiga a las profundidades del amor de Dios, la verdadera experiencia de la pascua. Que la alegría de pascua nos lleve a ser testigos para dirigir a otros hacia el Aleluya de salvación.















