Mateo 18: 21-35 La comunidad que perdona
El perdón está en el centro del reino que Jesús proclamó y vivió. En el principio, Él dijo, “Arrepiéntanse, el reino está cerca” (Mateo 4: 17) aquellos que aceptan la invitación al reino necesitan entender sus demandas. La intervención de Dios es una explosión desatadora y abrumadora de misericordia divina y perdón. Esto nos llama a todos a absorber y compartir la corriente dadora de vida de la nueva realidad que Jesús está liberando. Esta gran bendición de misericordia es un poder sanador que debe ser compartido. El perdón es para ser extendido a todos en la gracia y en la manera abundante que Dios ha desplegado. Lo que Dios quiere es “Misericordia, no sacrificio” (Mateo 9: 12; 12: 7)
El perdón es la sangre vital de la comunidad amorosa. Para cruzar este punto, Jesús usa una parábola. Las parábolas tienden a hacernos deslizar sobre la superficie y perderse la profundidad de su mensaje principal. Esto es especialmente verdadero con la parábola del siervo implacable. También deberíamos estar conscientes de que el rey es un rey gentil y no un sustituto de Dios.
Al leer y experimentar esta parábola, deberíamos poner atención a la gran sobreestimación que se usa para hacer sencillo y claro un punto. Las primeras exageraciones son sobre la deuda del sirviente implacable. En el contexto del tiempo de Jesús era el equivalente de billones de dólares. La plegaria del sirviente en ese tiempo fue otra decepción. No había manera en la que él pudiera pagar la deuda. La generosidad del rey en su perdón misericordioso está presionando de igual manera los límites de la imaginación. Luego, al recibir la increíble misericordia, el sirviente implacable casi inmediatamente ataca a su compañero sirviente, cuya deuda es bastante manejable. El segundo sirviente tiene casi una declaración literal por misericordia, pero es rechazado. Él es lanzado a la prisión quedando sin una forma de pagar la deuda y ninguna forma de ser libre.
Ninguna de estas cosas tiene sentido si el problema es pagar la deuda. Por supuesto, no lo es. El problema es el perdón recibido y el perdón que debe ser compartido. El rey no condena al siervo implacable porque él ha robado el dinero. La queja principal del rey es la falla al no compartir el perdón. La pregunta del rey es directa para cada uno de nosotros “¿No deberías tener misericordia de tu compañero como yo la he tenido contigo?” (Mateo 18: 34)
El atractivo es evidente. Hemos sido perdonados. En la economía divina, nuestro perdón tiene consecuencias. Debemos compartirlo con todos nuestros hermanos y hermanas. Si el perdón es verdaderamente nuestro don, fluirá hacia los demás. De otra manera, lo cancelamos si permanecemos cerrados y rígidos en la condición egocéntrica del sirviente implacable.
El punto es tan evidentísimo. Lo decimos en el Padre Nuestro. Lo expresamos en la regla de oro (Mateo 7: 12) El sermón en el monte está saturado con estas implicaciones. Más que todo, Jesús las pronuncia durante su muerte agonizante. Necesitamos perdonar, si no lo hacemos, bloqueamos el fluir de la misericordia divina. No podemos ganar el perdón de Dios, pero la simple verdad dolorosa es que podemos perderlo si no compartimos.
El mensaje principal de la parábola es una invitación a un mar de misericordia divina. La consecuencia de este regalo de gracia es nuestra responsabilidad hacia nuestros hermanos y hermanas. Nuestra ambigüedad nos dirige hacia una lucha para dejar ir las penas. La presencia de la cizaña y el trigo dentro de nuestro corazón nos impulsa lejos de la obvia y sobrecogedora demanda de perdonar a los demás. Aun con toda la claridad y el poder de la palabra revelada, sabemos cuan difícil es perdonar.
De hecho, perdonar es una de las tareas humanas más problemáticas. La inmensidad del daño, la infidelidad, la injusticia o la negligencia consumen nuestra alma. Para la mayoría de nosotros, el viaje del daño y el dolor al “yo te perdono” es un camino largo y atrincherado. El mensaje de hoy de la misericordia divina, tan claro y sobrecogedoramente correcto, es muy lento para penetrar un corazón dañado.
Me gusta describirlo así. Cuando viene la misericordia y el perdón, tendemos a usar una cucharita para medir nuestra distribución de misericordia a aquellos que nos han ofendido. Por la parte de Dios, la misericordia y el perdón son como un torrente que limpia todo a su paso. El contraste es alarmante, pero muy real.
Hay algunas cosas que podemos hacer para ayudarnos en este dilema. Deberíamos tener paciencia con nosotros mismos y admitir que debemos dejar ir el daño. Deberíamos orar por la persona y por nosotros. Deberíamos aceptar nuestra debilidad ante Dios y buscar inclinarnos ante el incesante amor y misericordia de Dios. También deberíamos enfrentar a otra auto decepción común. Nosotros etiquetamos a los individuos indignos de nuestro perdón.
Tomas Merton habla de lo absurdo de tratar de determinar quien es digno de nuestro perdón. Él pregunta quien de entre nuestros indignos es alguien por quien no murió Jesús. Sabemos bien que Cristo murió por todos, simple y sencillo. Necesitamos compartir ese amor universal en nuestra vida. Seguramente será una lucha perdonar. Pero también es una tontería pronunciar que tenemos una lista de los que no son dignos de nuestro perdón. Nuestra elección obvia debería ser usar la lista de Dios. Dios lo ha dejado claro, que cada uno de nosotros está en el inventario divino.











