Esta es la octava de once reflexiones sobre las enseñanzas de Tomas Merton sobre la dinámica del verdadero ser y el falso ser. Esta relación conflictiva pero iluminadora impregna la enorme cantidad de escritos sobre la vida espiritual de Tomas Merton. El punto básico del conflicto es el empuje del individuo para acercarse y alejarse de Dios, que es el verdadero y último destino de las personas. La exposición de Merton de las consecuencias del pecado original es cruda en su intensidad. Esta es la tarea del falso ser. Al mismo tiempo el empuje del verdadero ser, la siempre presente llamada personal y amor apasionado de Dios, es aún más poderosa. El corazón humano es el campo de batalla de esta confrontación aparentemente sin final.
HUMILDAD ES LA VERDAD
Teresa repite una y otra vez: la humildad es la verdad. Nuestra realidad esencial es que Dios es el creador y nosotros somos las criaturas. Esta virtud esencial nos ayuda a reconocer y aceptar la persona actual que somos ante Dios. La humildad nos permite integrar esta verdad tan cierta.
La humildad no es sobre una pérdida de autoestima. Esta es una aplicación deshonesta y dañina de la humildad. Tal estado es perturbador y conflictivo. Teresa, por el contrario, dice, “La humildad no perturba ni inquieta sin embargo debe ser grande; viene con paz, delicia y calma…esta humildad se expande al alma y dispone a servir más a Dios. (W. 10. 2)
Conocer y abrazar la humilde verdad sobre nosotros es la fuente de nuestra libertad. Conforme rompemos la esclavitud del falso ser, lentamente empezamos a ver mas claramente quien es Dios. Esta es la fuente esencial de nuestra humildad. Con la ascendencia del verdadero ser, también vemos la verdad sobre nosotros mismos. La humildad nos abre a la conversión personal necesaria que lleva al crecimiento constante en autoconocimiento. Nos permite entender la maravilla de Dios llamándonos al misterio del amor, aun dado el poder del falso ser. Por medio del regalo de la humildad, Dios nos permite ver el implacable abrazo divino de misericordia y amor aun en medio de nuestras muchas fallas y faltas.
Teresa tiene numerosas declaraciones sobre la humildad. La siguiente, sin embargo, parece la mejor captura de su mensaje básico sobre el tema de esta virtud.
“Una vez estuve ponderando porqué nuestro Señor era tan aficionado de esta virtud de la humildad y este pensamiento vino a mí… es porque Dios es la verdad suprema; y ser humilde es caminar en la verdad, ya que es una verdad tan profunda que nosotros no tenemos nada bueno sino solo miseria y la nada. Quien quiera que no entienda esto camina en falsedad.” (Castillo Interior 6.10.7)
Merton tiene una aplicación práctica de la visión de Teresa. Él dice que nosotros rara vez vemos la verdad que nos guiaría a la solución de nuestros problemas personales, sociales y políticos. Nosotros necesitamos reconocer que todos estamos más o menos equivocados en una forma u otra, nosotros compartimos motivos mezclados, auto decepción, orgullos, egoísmo, y una tendencia a la agresión por no mencionar la hipocresía.
LA GRAN MENTIRA DEL “HONOR”
Un buen ejemplo de vivir la mentira para Teresa era el papel dominante del “honor” en su tiempo. Para Teresa, esto era una mentira que se infiltraba en toda la sociedad, y aun en la vida religiosa. No hay mucha diferencia en nuestro tiempo. Incontables pequeñas quejas enraizadas en un falso sentido de respeto, privilegio, prestigio y control prohíben el paso al perdón y a la reconciliación. Caminar en la verdad de la humildad nos libera de esta falsa herida de la conciencia que es un obstáculo particular al amor de Dios y al amor por el prójimo.
EL PADRE HUMILDE DE LOS DOS HIJOS
Recientemente, estuve reflexionando sobre la parábola de los dos hijos. Empecé a darme cuenta que era un poderoso ejemplo de verdadera humildad en la persona del padre.
La escena completa del retorno del Hijo Pródigo es una letanía de violaciones del comportamiento esperado por parte del padre. Era totalmente tosco dejar la casa, y aún peor, huir. El abrazo estuvo totalmente fuera de carácter para un hombre viejo en esta cultura. El becerro gordo es estas circunstancias era simplemente inaudito. Cada ritual aceptado para un padre ofendido fue aplastado resultando en una pérdida total de la dignidad. Todas las normas culturales rotas dieron aun más fuerza al sobrecogedor llanto del padre: te amo, te perdono, te acepto con gran alegría, estás de regreso y lo demás no importa. Sigamos con la fiesta.
La misma rutina, en una forma más sutil, se desarrolló en el caso del segundo hijo. El padre dejó la casa una vez más en violación de las demandas de su dignidad. Él no dio crédito a la despreciable descripción de él como un padre horrible y despreocupado. La hostilidad y el enojo se encontraron con su mano alzada en misericordia y comprensión. La auto piedad fue contada con una declaración de todo lo que él tenía destinado para su hijo. El retiro fue desafiado con la invitación a unirse a la celebración.
El padre tenía ante él la elección bíblica clara de la vida o la muerte. Por una parte, él tenía un requerimiento social de lo que era el comportamiento que encajaba para un padre profundamente ofendido. Él tenía la opción de proteger el respeto y el privilegio apropiado para su papel de padre severamente insultado. Era su derecho aplicar las consecuencias dolorosas de esta indignante negligencia de privilegio parental. Todo esto fue apuntalado por las expectativas de su cultura y rituales sociales de respeto parental. Era un hecho no negociable que su honor debía ser protegido. Por otro lado, si él elegía este conjunto de valores, era la muerte para sus dos hijos.
Su elección de la vida, dirigida por su humildad, lo hizo libre de las demandas paralizantes de respeto y privilegio demandadas por las normas rígidas de la sociedad. Este es un claro y fuerte ejemplo de una elección del verdadero ser sobre el falso ser. Ahora, su presencia humilde a los dos hijos les ofreció vida y libertad. Fue una rica expresión de la verdad de Dios.
EL PODER RECONCILIADOR DE LA HUMILDAD
Todos nosotros sufrimos de percepciones sesgadas que protegen nuestros reclamos de privilegio, prestigio y control. Esta es la falsa conciencia que estrangula y ciega la posibilidad del amor reconciliador y el perdón. Teresa tiene esto para decir sobre esta mentalidad portadora de muerte.
“Deberías alejarte mil millas de expresiones como: “yo tenía razón”, “ellos no tienen razón para hacerme esto a mí”, “El que me hizo esto estaba equivocado”. Dios nos aleja de esta forma pobre de razón. ¿parece correcto que nuestro buen Jesús sufrió tantos insultos y fue sometido a tanta injusticia? Yo no sé porqué la monja que no quiere cargar la cruz, excepto la que le parece razonable, está en el monasterio.” (W 13. 1-2)
Para reconciliar, necesitamos olvidarnos a nosotros mismos en humildad. Esto nos libera de la posesividad de nuestras obras y reputación que son un bloqueo para servir a Dios y vivir en armonía con nuestros hermanos y hermanas. Aquí, otra vez, tenemos un ejemplo del poder del verdadero ser en acción.
LA HISTORIA DE LA MISERICORDIA DE DIOS
La humildad nos ayuda a apreciar dos verdades fundamentales sobre nuestra condición humana. Somos creados a imagen de Dios y la unión con Dios es nuestro destino. Justo en el inicio del Castillo Interior Teresa dice: “Nos damos cuenta que el alma de una buena persona no es nada más que un paraíso donde el Señor dice que Él encuentra sus delicias” (C. I. 1.1) la otra verdad es un desafío básico para nuestro verdadero destino.
Sin la misericordia de Dios, somos atrapados en el impase de la desesperanza. Estas dos verdades son el centro de la lucha entre el verdadero ser y el falso ser.
Nuestra tarea es aceptar estas dos verdades de nuestra quebrantada situación. Nosotros somos pecadores indefensos pero amados y perdonados en Cristo Jesús nuestro salvador. Esta es la realidad enraizada en el verdadero ser.
Esta es la realidad a la que la humildad nos abre conforme nos libera gradualmente de la cautividad inmovilizadora del pecado enraizado en el falso ser.
Con un poco de suerte, aceptaremos la verdad de quien es Dios y quienes somos nosotros. Entonces, podemos compartir la verdad de la humildad con Teresa y decir: “La historia de mi vida es la historia de la misericordia de Dios.”















