EL llamado al paraíso

En marzo de 1958 Thomas Merton había sido un monje Trapista por dieciocho años y un autor famoso por una buena parte de ese tiempo. El estaba en camino de convertirse en la mayor fuerza espiritual del siglo XX a nivel internacional. El 18 de marzo él se encontraba en la ciudad de Louisville para recoger unos impresos que le habían hecho. En medio de la gran multitud de compradores en las calles él tuvo una experiencia muy especial.

“Entonces fue como si de repente ví la belleza secreta de sus corazones, en donde ni el pecado ni el deseo ni el autoconocimiento pueden llegar, el mismísimo centro de sus seres, cada persona que se encuentra en los ojos de Dios. Si solamente ellos pudieran verse como realmente son. Si solamente ellos pudieran verse unos a otros de esa manera todo el tiempo. No habría más guerras, no más odio, no más codicia.” (Conjeturas de un Espectador Culpable: p 158)

A travez de esta gracia contemplativa, un regalo gratis de Dios, Merton vió lo que Dios ve. Esta es la unidad que experimenta el amor puro sin obstáculos por las consecuencias divisivas de la caída. Esta es la meta de todos nosotros. Esta es la llamada al paraíso.

La caída es la realidad que experimentamos como la consecuencia del Pecado Original. La caída es la pérdida de armonía y unidad del paraíso. Nos encontramos a nosotros mismos con un sentido de desunidad, alienación y aislamiento profundo. Somos dirigidos a un mundo de ilusiones e irrealidad.

 Nuestra visión dentro de esta unidad original siempre son parciales e incompletas. Sin embargo, cada vez que perdonamos, cada vez que somos pacientes, cada vez que comprendemos, cada vez que somos serviciales en las necesidades verdaderas de los demás damos un paso más en ese viaje a la unidad original, ¡el camino estaba en el paraíso!

En sus días finales de un viaje al lejano oriente, poco antes de su muerte en 1968 Merton escribió en su diario asiático. “Ya somos uno. Pero imaginamos que todavía no. Y lo que tenemos que recobrar es nuestra unidad original. Lo que tenemos que ser es lo que somos.” (p 308)

Con frecuencia Merton usaba la frase, La Tierra Escondida del Amor, para señalar nuestra unidad en amor con Dios y con el prójimo. En Dios, La Tierra Escondida del Amor, somos uno con los demás. Nuestra tarea es descubrir esta unidad.

Thomas Merton tuvo estas visiones sobre la unidad original después de una vida fiel en oración comprometida con el Evangelio. Él recibió el regalo de la contemplación el cual en sus niveles más profundos devela estas expresiones escondidas de nuestra unidad en Dios. Juan de la Cruz tiene esta definición receptiva de la contemplación: “La contemplación no es nada más que una secreta, pacífica y amorosa infusión de Dios la cual, si el alma le permite que suceda, infunde un espíritu de amor.” (La Noche Oscura, 3.10.6)

II

La mayoría de nosotros tenemos grandes habilidades para ser selectivos y evasivos para responder a la llamada penetrante de Jesús de amarnos unos a otros. Todos hemos luchado por perdonar. Para nosotros es dificil ver cómo Dios que cualquier cosa es valiosa en esa persona que tanto nos irrita.

De igual manera, una vida de fidelidad a la oración lentamente saca a la luz toda clase de actitudes y acciones que son divisivas y dolorosas pero que nosotros abrazamos en una ciega insensibilidad. Un buen ejemplo es cómo gradualmente vamos creciendo en el entendimiento de la experiencia de la alegría. Todos nosotros tenemos historias que nos llevan a decir, “Oh por Dios”, nunca me di cuenta que…(cada uno podemos poner un complemento ahí)

La fidelidad a la oración lleva a una transformación personal. John Main es el monje Benedictino fue quien introdujo la Meditación Cristiana a nuestros tiempos. Él dice que orar regularmente va a cambiarnos en muchas formas positivas. Nosotros creceremos en auto trascendencia y lejos del dominio del ego. Esto trae un sentido de unidad personal que nos ayuda en nuestras relaciones con los demás. Nos volvemos menos distraídos y mas uno dentro de nosotros mismos. Nuestra conciencia de la presencia de Dios se incrementa. Estamos listos para estar abiertos y presentes para los demás con una nueva libertad. En otras palabras, estamos en el camino a la unidad original antes de la Caída. Lentamente comenzamos a ver a los demás como Dios los ve.

III

La tradición Carmelita establece claramente que estamos llamados a la unión con Dios como la meta de nuestro total desarrollo humano. Este es el Llamado al Paraíso. Alcanzamos esto mediante un proceso de purificación y transformación que empieza con nuestro esfuerzo por vivir una vida auténtica y devota. Concluye mediante la acción de Dios en el estado de contemplación. Nuestro verdadero destino es un retorno a la unidad original. Nuestra vida cristiana nos lleva a través de la oración a la experiencia de Dios que nos purifica y nos transforma. Nos hace uno con Dios en unidad y amor. La meta decisiva de la llamada del Evangelio es la unión con Dios. Esto es la posesión completa de la unidad original.

Teresa de Ávila nos dice que la oración es la clave de este viaje. Sin embargo, la verdadera importancia de la oración es llevarnos a amar a Dios y a nuestros hermanos y hermanas.

Teresa ofrece un programa para ayudarnos a orar. Para ella, la oración es siempre para Dios que nos transforma y nos purifica en contemplación en preparación para la unidad. Para fortalecer esta oración Teresa insiste en un programa basado en la humildad, el desapego y la caridad.

La humildad para Teresa es la verdad. Con esto ella quiere decir que nuestra realidad fundamental es que Dios es el Creador y nosotros somos las criaturas. Dios es el Creador y Salvador misericordioso. Nosotros somos las criaturas pecadoras que somos amados y perdonados. La humildad nos permite abrazar la verdad de esta realidad. Merton agrega en La Oración Contemplativa, “Nuestro conocimiento de Dios es paradójicamente no de Él como el objeto de nuestro estudio a profundidad, sino de nosotros mismos como seres absolutamente dependientes de Él, de su salvación y de su conocimiento misericordioso de nosotros.” (p. 103-4)

Por desapego Teresa quiere decir que debemos poner todas las cosas en su propia perspectiva. Necesitamos relacionar todas las cosas en una manera que nos acerque más a Dios. Nuestra naturaleza pecadora siempre lucha para evitar hacer un cortocircuito con nuestra búsqueda de Dios. Somos conducidos a hacer criaturas nuestros falsos ídolos. El desapego trae claridad a nuestros corazones distorsionados.

La caridad es la aceptación propia de los demás. El amor por nuestros hermanos y hermanas es el índice de nuestro crecimiento espiritual. Para Teresa la autenticidad de nuestro viaje espiritual es medido por la calidad de nuestras relaciones interpersonales con los demás. El amor es el movimiento esencial hacia el centro donde Dios aguarda por nosotros.

La jornada hacia Dios es una interacción entre las tres virtudes y la oración. Esta profundidad en la oración demanda que seamos humildes, que seamos desapegados, y que seamos amorosos. Para ser humildes, desapegados y amorosos necesitamos orar mucho. Hay un apoyo mutuo de ambos elementos en la jornada de la oración. Este proceso es el trabajo de toda una vida. Esto es lo que significa caminar con Jesucristo.

Teresa tiene un ejemplo simple de cúan profunda es esta práctica en la vida ordinaria. Ella dice que si hay una persona que esté en dificultades debemos salir de nuestro camino para apoyar y ayudar a esa persona. Si ese individuo recibe elogios, debemos regocijarnos como si esos elogios fuesen para nosotros.

No hay manera de que yo esté listo para hacer eso por muchos de mis hermanos y hermanas a los que yo se que no amo como debería, por ponerlo caritativamente. Esto es lo mismo para la mayoría de nosotros. Tenemos un largo camino que recorrer. Hay mucho ego que tiene que salir por la ventana. El problema es que al ego le gusta mucho estar en casa. Muy pocos de nosotros seremos capaces de imitar a Jesús en la cruz, “Padre perdónalos porque no saben lo que hacen.” (Lucas 23:34)

Aquí es donde entran la oración y el programa de virtudes de Teresa. Ellas se apoyan mutuamente y llevan a la contemplación. Es la acción de Dios en la contemplación que sacan las raíces remanentes finales de egoísmo y autocentrismo, que es el último y más poderoso obstáculo que nos aparta de amar verdaderamente a nuestro prójimo. Las fuerzas incrustadas de farisaísmo y ser consistentemente crítico solamente deja ir al amor purificador de Dios en la quinta y sexta moradas del Castillo Interior de Teresa. Por nosotros mismos solamente podemos alejarnos. Solamente Dios puede acercarnos al amor que devela la plenitud de la unidad original en la séptima y última morada del Castillo Interior.

En la descripción de Merton de la unidad original, la fragilidad humana y las faltas humanas se vuelven totalmente inconsecuentes. Desaparecen de nuestra vista. Vemos a Dios en los individuos. Somos atraídos hacia la unidad. “Para todos ustedes que fueron bautizados en Cristo han sido revestidos en Cristo. No hay judíos ni griegos, no hay esclavos ni libres, no hay masculino ni femenino, porque todos son uno en Cristo Jesús.” (Galatas 3:28) Algún dia, espero, recibiremos este regalo de la preciosa realidad. Seremos avivados para ver la belleza y las maravillas en todos nuestros hermanos y hermanas tanto como dentro de nosotros mismos.

En el camino hacia ese día que necesitamos reconocer dos cosas. Primero que es esencial continuar el crecimiento de la conciencia de cuán lejos estamos de verdaderamente compartir el amor de Dios con nuestro prójimo. Esta es la verdad de la humildad y el regalo del autoconocimiento. Segundo, necesitamos permanecer en la lucha para ser más humildes, más desapegados y más amorosos en nuestra devoción a la oración. Esto nos preparará para la purificación de Dios y el regalo de transformación de la contemplación.

La experiencia de Louisville de la unidad original fue particularmente poderosa en la disponibilidad de Thomas Merton hacia las consecuencias sociales del Evangelio. Continuará una descripción de esa iluminación.

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