¿Por qué Dios no responde nuestras oraciones como queremos?


Mi expectativa es que este blog sobre la oración cree un dialogo sobre la oración. En el espero que podamos compartir información, proponer preguntas, hacer observaciones, y especialmente compartir lo que funciona para nosotros.

Cualquier conversación sobre la oración tendrá que poner su atención en la larga y rica tradición de la iglesia y en la mayoría de religiones del mundo que ven la oración en etapas de desarrollo. Las etapas más tradicionales son tres: principiantes, expertos y perfectos. Nuestro dialogo será influenciado por la realidad de estas etapas de oración.

En la preparación de este blog inaugural sobre la oración, he recolectado varias docenas de preguntas sobre la oración de algunos amigos y feligreses. Me parece que la siguiente pregunta es la que más invita a empezar nuestra reflexión sobre la oración.
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“Dios no salvó a mi hijo cuando se lo pedí, de manera que dejé de orar. ¿Voy a ir al infierno?” 


Cuando empezamos a orar por cosas, con gran frecuencia, tenemos un plan y una estrategia de largo alcance para nuestra felicidad. Este es nuestro reino, la creación de nuestros sueños y deseos. En este escenario, la mayoría de veces, iniciamos con una imagen de Dios que se encuentra en el cielo esperando a oir nuestras oraciones por las cosas que necesitamos para alcanzar nuestra felicidad, que es el más grande anhelo de nuestro corazón humano. En esta situación nosotros somos el centro y Dios está ahí para ayudarnos.

Este es el Dios con el que la mayoría de gente está enojada. Este es un Dios con castigo e infierno en su mente. Él no es el Dios de amor revelado que llama a su hijo Jesús en el Huerto de Getsemaní para entrar a su pasión y muerte. No, este Dios de amor ofreció a su Hijo y le permitió entrar en el mal de la muerte para compartir todo el sufrimiento de los hijos de Dios a traves de la historia y por tanto abre un camino a la entrega y a nueva vida.

La revelación de Dios nos invita a un encuentro con Jesús. Su mensaje primordial es para que nos arrepintamos y creamos en la buena nueva del Reino de Dios que ya está cerca. Una parte muy significativa de la jornada del cristiano consiste en un movimiento que viaja de nuestro reino que es nuestro centro hacia el Reino de Dios como nuevo centro. Este reenfoque es una larga y desafiante parte de nuestro caminar con Jesús. La mayoría de veces es el trabajo de toda la vida. Esta jornada involucra muchas conversiones donde los ojos de nuestro corazón, gradualmente ven que Dios tiene un mejor plan para nuestra felicidad.

Estamos en una jornada de oración de una impensable actitud de “dame” usualmente apuntalada por los mandatos de una cultura de consumo hacia un cambio gradual que reza: “santificado sea tu nombre, venga tu reino, hágase tu voluntad.” Esto nos prepara para orar por lo que más necesitamos, más que por lo que más queremos. “Danos nuestro pan de cada día, perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden. No nos dejes caer en tentación y líbranos del mal.” 

La experiencia de un padre que pierde a su hijo hace surgir la pregunta crítica de ¿por qué Dios no responde nuestras oraciones? Especialmente cuando ello involucra algo que es fundamentalmente bueno y sagrado, como la vida de un niño.

La vida tiene una manera implacable para empujarnos más profundo en el misterio del bien y el mal. Empieza con oraciones por juguetes en navidad y llega hasta una oración por una mejor nota en un examen o un mejor trabajo para obtener alimentos y una mejor renta para la familia; una oración para tener resultados negativos en un examen de cáncer hasta la esperanza de sobrevivencia de un ser amado en la creciente ola de terror y la guerra. Jesús trazó la dimensión de la realidad en la parábola de la cizaña y el trigo. (Mt. 13; 24-30)

La respuesta de Dios al misterio y lo que queremos como respuesta a nuestras oraciones están atrapados en las consecuencias del pecado. En el análisis final, esto no es una respuesta a nuestras peticiones generales y específicas. Es una invitación para entrar en el misterio que expresa la respuesta de Dios. Es la palabra de Dios, Jesucristo crucificado y resucitado.

Justo antes de que Jesús resucitara a Lázaro hay una línea muy poderosa, “y Jesús lloró” (Juan 11:35) muchos interpretan esto como Jesús llorando por toda la tragedia humana. No es dificil ver a Jesús abrazando al padre que ha perdido un hijo, compartiendo sus lágrimas con él y con toda la familia. Esto está íntimamente conectado a la crisis en el Huerto sobre evadir la voluntad del Padre. El Padre envió a Jesús para revelar un Dios de vida y amor que prevalecerá a pesar del poder del mal y de la muerte. Jesús confrontó este mal y haciéndolo abrazó al hijo del padre y a todos nosotros con el único consuelo que es real y esperanzador: la Resurrección.

Cuando vemos el mal en el cuerpo sin vida de un niño o en muchas otras expresiones abrumadoras de insondable horror, la respuesta de Dios es el Cristo Crucificado. Él envió a Jesús para entrar en el mal, para compartir con nosotros y para caminar con nosotros en este valle de lágrimas. Pero esta no es la palabra final. Dios ha hablado y su palabra final no es la muerte y el sufrimiento sin sentido, ni violencia y odio. La palabra final de Dios es vida y amor, paz y reconciliación. Todo esto es capturado en el misterio de la Resurrección y su canto de victoria, el Aleluya.
Esto es por lo que necesitamos aprender a escuchar y ver, y más que todo, experimentar la respuesta de Dios a nuestra oración por la fe en Jesús, la expresión encarnada del amor en lo más profundo del misterio del bien y el mal. El Aleluya, es la palabra final, pero no es una respuesta. Es una invitación a una nueva realidad de gracia y amor que deja al mal inmovilizado y conquistado. 

En 1970, Santa Teresa de Ávila fue nombrada como la primera mujer Doctora de la Iglesia. Ella ganó este título porque ella experimentó la realidad en su más genuina y auténtica manifestación del Dios de amor llamándonos al amor. Ella entendió que Dios tiene un mejor plan. Ella vio el plan del Reino de Dios como el último deseo de su corazón liberado por una jornada de oración personal y de purificación.

Ella expresó eso en sus escritos. Una pequeña oración encontrada en su diario de oraciones capturó su visión en la forma más encantadora.

Nada te turbe.

Nada te espante.

Todo se pasa.

Dios no se muda.

La paciencia todo lo alcanza.

Quien a Dios tiene, nada le falta.

Solo Dios basta.

Para muchos de nosotros esta es una oración muy confortable. Sin embargo, cuando los conflictos inevitables y las inseguridades de la vida nos sumergen de nuevo, el confort de esta oración se va volando por la ventana.

La falta de fe profunda, esperanza y amor manifestado en esta maravillosa expresión de Teresa de nuestra relación con Dios. Estamos en la jornada. Tenemos un largo camino que recorrer. Y esta oración de Santa Teresa es un recordatorio de que Dios realmente tiene un mejor plan. El Aleluya nos dice que el amor ganará.
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