DÉCIMO PRIMER DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Mateo 9: 36; 10: 8 

Estimados amigos, Hoy empezamos el tiempo ordinario. Habiendo terminado la celebración en comunidad del misterio pascual y habiendo agregado celebración por la Santísima Trinidad y la Eucaristía, ahora viajamos con Jesús por el evangelio de San Mateo. En este tiempo especial, el amor de Dios en el Cristo crucificado y resucitado brilla ante nosotros iluminando la presencia de Dios en nuestra experiencia diaria. Nosotros nunca descubriremos otra expresión que nos de más visión e invitación que la misericordia amorosa de Dios en Cristo crucificado y resucitado. Es nuestra invitación constante a caminar en los pasos de Jesús. Este tiempo especial es nuestro pasaje a través de los escombros de la vida. Por medio del impulso de nuestro egoísmo y nuestra siempre expansiva búsqueda de la felicidad. Estamos desafiados a darnos cuenta que Jesús encaja en el estupor ordinario de nuestras cargas diarias.

Este es nuestro viaje litúrgico en el tiempo ordinario. Por las próximas veinticuatro semanas entraremos en el evangelio de San Mateo. Nos invitará a hacer nuestra búsqueda por significado, por justicia, y más que todo nuestra búsqueda por ese amor tan elusivo que dura para siempre. Cada domingo, encontraremos a Jesús una vez más en el maravilloso don de la palabra de la liturgia y en los sacramentos. Este viaje con Jesús será un encuentro de fe. Traeremos nuestras experiencias diarias a la sagrada Palabra de Dios. Seremos desafiados a bajar lentamente y abrir nuestros corazones a la presencia de Dios en nuestras luchas diarias. Se nos dará un don de Jesús semanalmente llamándonos a alejarnos de la confusión y las distracciones. Este llamado de amor abrirá nuestros corazones a un Dios que nos ama apasionadamente. De hecho, no hay manera en que este único Dios pudiera amarnos más.

Nuestro encuentro semanal con Jesús en el tiempo ordinario, está llamándonos al extraordinario tiempo de misericordia y amor. Jesús desplegará ante nosotros el continuo don del perdón y amor misericordioso que nos lleva a la vida eterna.

En la selección del evangelio de hoy, vemos a Jesús movido por una compasión impresionante por los enfermos y por los que sufren, agitado por el dolor de los demás y por el hambre y sed de las multitudes. Su corazón duele con la preocupación por los alienados, marginados y todas las cargas de la humanidad. Su mensaje a los discípulos es enseñar y sanar.

Si abrimos nuestros ojos y quitamos la falsa seguridad que nos da el consumismo y la cultura materialista estaremos mucho más listos para vernos en la necesidad de la compasión de Jesús.

Un corazón abierto y despejado nos permitirá ver las maravillas de la intensa preocupación de Dios por nuestra situación. Nos veremos envueltos en apegos engañosos y en una realidad inmersa en un mensaje de mortalidad que negamos con intensidad obsesiva.

Nosotros leemos en el texto del evangelio de hoy: “Al contemplar aquel gran gentío, Jesús sintió compasión, porque estaban decaídos y desanimados como ovejas sin pastor.” (Mateo 9: 36)

Jesús llama a los doce para compartir su ministerio de testificar el reino con sanación y servicio. Este reino es el plan de Dios para restaurar nuestra inocencia original. Este será el inicio de la eliminación de la enfermedad, el odio el aislamiento, el racismo y cualquier otra forma de prejuicio junto con el inicio de la justicia, la paz, la integridad de la creación y el reino del amor.

Más que todo, creceremos para apreciar y abrazar la victoria sobre la muerte.

Hoy somos llamados para recibir y compartir esa respuesta amorosa hacia el sufrimiento humano, el aislamiento y la marginación. Jesús nos quiere ayudar y sanar. Jesús quiere que compartamos como desatar el poder del amor que es el reino del Padre.

La tarea del reino es el amor, amor por Dios y por nuestro prójimo. Si somos honestos al responder al llamado de Jesús, verdaderamente podemos hacer una diferencia. No todas nuestras súplicas en nuestra agenda serán escuchadas ni todos los corazones a los que nos acerquemos serán sanados. Sin embargo, nuestro esfuerzo, no importa cuán aparentemente inconsecuente pueda parecer, será envuelto en amor divino. Será como la semilla de mostaza que florece más allá de la comprensión humana. Hemos sido enviados. No estamos por nosotros mismos. Jesús lo deja siempre muy claro: “Estoy con ustedes siempre.” (Mateo 28: 20)

Conforme nuestras responsabilidades y relaciones encuentran el desafío de la proclamación del evangelio, nuestro corazón será desafiado a cambiar y a crecer, con mucha frecuencia, un solo paso a la vez. Sin embargo, será un llamado incesante para alcanzar algo más que solo quedarnos estacionados en la comodidad. Nuestro esfuerzo puede parecer despreciable pero cuando se comparte en el amor divino que Jesús nos da, puede transformar el mundo.
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