SANTA TERESA DE ÁVILA, ORACIÓN Y EL LLAMADO DEL EVANGELIO -3



Teresa y la humanidad de Cristo 
Parte II


Devoción a la Pasión

En respuesta a su error sobre la importancia de la humanidad de Cristo, Teresa pronto se movió a un gran amor por la Pasión y muerte de Cristo.
Para Teresa, este énfasis en el sufrimiento y muerte de Jesús le dio un ancla para abrazar las dimensiones más profundas de la vida espiritual. Le permitió estar más conectada y más comprometida con su experiencia humana diaria.
 
Aquí hay una serie de citas de la santa madre que iluminan las etapas de su crecimiento en su devoción por la pasión.
 
“Yo podría solamente pensar sobre Cristo como fue Él como hombre…el alma puede situarse por sí misma en la presencia de Cristo y crecer acostumbrada a ser inflamada en amor por su sagrada humanidad…esta es una forma excelente de hacer progreso, en un tiempo muy corto.” (Vida, cap. 9: 6; cap. 12: 2; cap. 13: 22)

Teresa entendió que el movimiento en toda la vida de Jesús fue una fidelidad para caminar el camino a Jerusalén. Teresa reconoció que, en su pasión y muerte, Jesús abrazó todo el sufrimiento de la humanidad y experiencia del mal. Jesús no solamente escuchó el llanto de los pobres y el grito de la tierra; Jesús entró en esta agonía de todo corazón. Es en el quebranto de corazón, la burla y el rechazo y la corona y los clavos, que Jesús se volvió nuestro grito por justicia, por paz, por sanación y reconciliación.
En su devoción a la pasión, Teresa estuvo más conectada a la vida que los encabezados de hoy. El sufrimiento y muerte de Jesús siempre será la expresión más clara de compromiso y discipulado. No hay unión más concreta para nuestro mundo quebrantado y nuestras vidas quebrantadas que Cristo crucificado. Teresa entendió que caminar con Jesús siempre debe movernos con la cruz a cuestas en el camino a la gloria de la resurrección.

La importancia de la humildad
Es en esta etapa de desarrollo, que la genuina devoción por la pasión y muerte de Cristo, que Teresa regresa a una de sus enseñanzas más consistentes. “Desde que este edificio es construido enteramente sobre la humildad, más cerca está uno de Dios, entre más progreso hay debe ser en esta virtud; y si no hay progreso en la humildad, todo va a ser arruinado.” (Vida cap. 12: 4)

Aun cuando estamos haciendo progreso real, eventualmente enfrentaremos el desafío del compromiso. Esta es la maniobra desesperada del ego para mantener el control. Somos dirigidos persistentemente a buscar un espacio entre el coste de las demandas del evangelio y la comodidad del mundo. Nosotros sutilmente creamos nuestro propio evangelio y hacemos a Jesús a nuestra imagen. Esto produce la pesada carga de la mediocridad. Este ha sido un elemento verdaderamente destructivo a través de la historia cristiana.

Deberíamos permitir que el ejemplo de Pedro nos anime en esta lucha que es la maldición humana de la ambivalencia. A pesar de la falla total de Pedro en los tres rechazos, Jesús no se cansó de él. Es lo mismo para nosotros. Él siempre nos está llamando a la vida. Cada crisis manifiesta una visión más profunda en nuestra debilidad y en la magnitud del amor misericordioso de Dios revelado en Cristo crucificado y resucitado.
 
Los cuatro evangelios, en toda su diversidad, finalmente nos trae un panorama de Jesús que es un espejo para nosotros. Miramos a Jesús y vemos lo que es más auténtico en nosotros. Somos hijos de Dios, amados y perdonados. En su exhortación, La Alegría del Evangelio, el Papa Francisco describe la alegría y la belleza de descubrir nuestro verdadero ser cuando respondemos al llamado de Jesús.

“El Señor no se decepciona de aquellos que toman el riesgo; cuando sea que demos un paso hacia Jesús, nos damos cuenta que Él ya está ahí, esperando por nosotros con los brazos abiertos. Ahora es momento de decirle a Jesús, “Señor, he permitido ser engañado, de mil maneras he despreciado tu amor, sin embargo, aquí estoy una vez más, para renovar mi pacto contigo. Te necesito. Sálvame una vez más, Señor. Tómame una vez más en tu abrazo redentor.” (La Alegría del Evangelio # 3)
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