TERCER DOMINGO DE ADVIENTO


Mateo 11: 2-11


Estimados amigos,

En la escritura de hoy, Isaías nos dirige hacia un cuadro poético de los judíos caminando hacia la libertad después de 50 años de angustia y exilio en Babilonia. Él usa un bello y poético lenguaje para reflejar el gran evento del Antiguo Testamento, el éxodo de la esclavitud hacia la tierra prometida.

El evangelio de hoy es sobre la pregunta de Juan el Bautista: “¿Eres tú el que ha de venir?” Esto nos sumerge en el misterio que celebramos en esta temporada de adviento. Cada uno de nosotros en las profundidades de nuestro corazón tenemos un anhelo básico por Jesús. Esperamos que Él traiga salvación para nosotros y para nuestro mundo.

El mensaje de adviento tiene muchas dimensiones ricas y bellas. Pero más, centrado en la venida del Señor. Hoy estamos llamados a experimentar esta venida en los actos salvadores de Jesús como fueron vistos en el pasado y experimentados en nuestra vida de hoy. La fe nos llevará a la maravillosa verdad que Jesús es verdaderamente el elegido para nosotros y para el mundo.

Tenemos que ver los problemas de nuestra vida en el contexto de estos viajes bíblicos hacia la libertad y la sanación. Jesús dice: “Vayan y cuéntenle a Juan lo que están oyendo y viendo.” (Mateo 11: 4) El mensaje real del adviento nos hace capaces de ver que no solamente a los ciegos se les está devolviendo la vista, sino que también los cojos ahora son capaces de saltar como ciervos e incluso están listos para ir a bailar con las estrellas. Esto es por lo que el mensaje del adviento nos dice que nuestra realidad está llena de gracia. Las implicaciones del adviento para hoy revelan cómo Jesús todavía hace restauración en el camino a nuestra inocencia original. Estamos, en verdad, siendo liberados en nuestras vidas hoy. Necesitamos permitir que el grito del adviento explote desde nuestros corazones: ¡Ven Señor Jesús! Lo que es más, necesitamos permitir que esta hambre por un nuevo día en nuestros corazones nos lleve a vivir el mensaje del evangelio. Tenemos que caminar en los pasos de Jesús hoy. Nuestro compromiso vivido trae la transformación de la realidad que anhelamos justo ahora. Una vida vivida en amor es la respuesta a nuestra oración de adviento ¡Ven Señor Jesús! La plenitud de la salvación por la que esperamos en el futuro tendrá lugar ahora cuando caminamos en amor en los pasos de Jesús.

El mensaje de Jesús a Juan en el evangelio de hoy es claro. Hay un nuevo día naciendo para conquistar el mal y el poder demoniaco en sus milagros de sanación. Justo como el retorno de los exiliados de Babilonia reflejaron la libertad en el gran acto de liberación en el viaje del pueblo fuera de Egipto, Dios sigue manifestando el gran acto salvador de Jesús en nuestros días. Necesitamos ver con los ojos del corazón. La salvación por la que esperamos está teniendo lugar ahora cuando estamos compartiendo el amor y la compasión que Jesús sigue dando en nuestros días. Esto nos llama a romper las barreras. Esto nos llama a trabajar por la reconciliación siempre y en todo lugar. Esto nos llama a escuchar el clamor de los pobres y el grito de la tierra.

El regalo de la esperanza nos saca del miedo y la desesperación hacia una vida de acción y compromiso, hacia la maravilla del mensaje del evangelio. La batalla del bien y el mal todavía domina nuestro mundo. El tirón hacia la libertad, la búsqueda de la felicidad y seguridad todavía encuentran una solución duradera en Jesús. Jesús posee Él solo, el mensaje y el poder para dirigirnos a la vida eterna. Todavía somos los ciegos, los paralíticos y los pecadores que necesitan sanación y misericordia. La respuesta a nuestro llanto por libertad del envolvente poder del mal en nuestros días nos espera. Eso es lo que pedimos en nuestra oración de adviento, “¡Ven Señor Jesús!”

Mientras esperamos, tenemos que elegir la situación de nuestra vida ahora. Santa Teresa de Ávila nos da dirección en su oración clásica del marcador de libros:



Nada te turbe,
Nada te espante.
Todo se pasa,
Dios no se muda-
La paciencia todo lo alcanza,
Quien a Dios tiene nada le falta.
Solo Dios basta.

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