DÉCIMO OCTAVO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO


Mateo 14: 13-21 Estimados amigos, La cena de hoy no es principalmente sobre la eucaristía. Sin embargo, refleja la belleza y maravilla del regalo eterno de Jesucristo. Se nos ha dado un símbolo del final, el banquete Mesiánico, el gran día de la victoria total sobre el mal y la muerte. Mientras el pan y los pescados son distintos del Cuerpo y la Sangre de la última cena, son un buen recuerdo de la bendición de la Eucaristía para nuestro viaje diario.

La historia de hoy es sobre los panes y los pescados como un signo del poder de Dios, de su compasión y amor. La historia aparece en seis momentos diferentes en los evangelios. De igual manera, es la única historia de un milagro que aparece en los cuatro evangelios. Obviamente, hay un mensaje profundo para nosotros en este patrón repetitivo tan especial.

La historia mira hacia adelante y hacia atrás en el plan divino. Claramente tiene ecos del Maná en el desierto (Éxodo 16) y un corto similar de Elías alimentando a la multitud con unos pocos panes (II Reyes 4: 42-44) Lo más importante, el lenguaje que Jesús usa es similar al de la institución de la Eucaristía en la última cena (Mateo 26:26) Finalmente, presagia el banquete Mesiánico al final del tiempo.

Jesús lamentándose por la muerte de Juan el Bautista, fija el contexto para este gran milagro. Jesús modela la generosidad al dejarse a sí mismo para ver las necesidades de la gente a su alrededor. Él respondió a la gente buscando la Palabra de Dios y agregó el gran don de el Pan de Dios, todo esto sucede porque “Su corazón fue movido por la compasión…” (Mateo 14: 14)

Al situarlo después del banquete de Herodes donde Juan el Bautista fue decapitado, Mateo agrega la poderosa historia de los panes y los pescados. Las diferencias en los dos banquetes son sorprendentes. Aquí están solo unos de los pocos contrastes revelados en las dos comidas:

Nuestro mundo hoy en día, y a través de la historia está organizado con los valores de la cena de Herodes, valores de exclusión, violencia y celos. El evangelio nos llama a entrar en el mundo de Cristo al compartir paz, servicio e inclusión de todos.

El festín de Herodes degradaba a las mujeres mientras que el de Jesús reunía y celebraba la dignidad de todos. Los invitados de Herodes eran los ricos, poderosos y con derechos. Los invitados de Jesús eran los pobres, hambrientos y abandonados. Herodes desplegaba extravagancia y desperdicio. Jesús satisfizo a todos y sobraron doce cestos de comida.

Jesús nos enseña que, en el mundo del evangelio, el mundo se abre y acepta del Padre amoroso que Jesús vino a proclamar que las cosas son diferentes. Cuando tú regalas siempre hay más. Solamente cuando esperamos y acumulamos y buscamos encontrar nuestra seguridad en nuestras posesiones experimentamos pérdida e inseguridad y temor. En el mundo de Jesús empezamos a ver a los pobres y hambrientos no como una inconveniencia y carga sino como una oportunidad para compartir y servir y amar. De esta manera multiplicamos nuestros propios panes y pescados pocos como pueden ser.
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