EL FALSO SER Y EL VERDADERO SER-6

 

Esta es la sexta de once reflexiones sobre las enseñanzas de Tomas Merton sobre la dinámica del verdadero ser y el falso ser. Esta relación conflictiva pero iluminadora impregna la enorme cantidad de escritos sobre la vida espiritual de Tomas Merton. El punto básico del conflicto es el empuje del individuo para acercarse y alejarse de Dios, que es el verdadero y último destino de las personas. La exposición de Merton de las consecuencias del pecado original es cruda en su intensidad. Esta es la tarea del falso ser. Al mismo tiempo el empuje del verdadero ser, la siempre presente llamada personal y amor apasionado de Dios, es aún más poderosa. El corazón humano es el campo de batalla de esta confrontación aparentemente sin final.

En nuestros días, somos obsequiados con muchos, efectivos y diferentes programas que tienen que ver con variadas patologías de adicciones. El centro de todos estos movimientos de liberación de las adicciones es el autoconocimiento.

En la larga tradición espiritual de la iglesia, hemos compartido la misma visión básica. En el centro de la dinámica del verdadero ser y el falso ser está el crítico y dador de vida asunto del autoconocimiento.

Autoconocimiento: La clave para el viaje espiritual


Mientras el asunto de las adicciones patológicas parece alejado del viaje espiritual de la mayoría que no están llevando esta carga, el patrón básico es el mismo para todos nosotros. El autoconocimiento demanda una inexorable búsqueda de una conciencia más extensa y más profunda de nuestra realidad personal. Las demandas y beneficios del autoconocimiento nunca estarán exhaustos en esta vida. Saber lo que verdaderamente está pasando dentro de nosotros es una tarea que nunca está completa. Una manera de obtener una visión dentro de la búsqueda del autoconocimiento es ver el conflicto en nuestras vidas como una lucha entre el falso ser y el verdadero ser, entre el pecado y la gracia.

El falso ser involucra capa tras capa de autoengaño, desilusión y un sentido de grandiosidad que nos pone en el centro de nuestra conciencia. Tenemos la tendencia de volvernos ciegos a nuestras faltas y errores, y más importante aún, a la presencia de Dios en el verdadero centro de nuestro ser. Nosotros enfatizamos los defectos de los demás. Jesús lo puso siempre muy claro cuando comparó nuestra ceguera con una viga en nuestro


ojo en contraste con la pelusa en el ojo de nuestro prójimo. (Mateo 7: 3) la autocorrección domina nuestra visión del mundo. Conforme nos volvemos conscientes de los falsos valores que fluyen de nuestro fragmentado corazón, nos encontramos a nosotros mismos enfrentando una bifurcación en el camino.

Tenemos una elección de vida o muerte. Nosotros elegimos la muerte cuando doblamos en el clamor del falso ser por mas atención. Elegimos la vida cuando abrimos nuestro ser a la misericordia de Dios que nos dirige al verdadero ser. En el centro de esta decisión está el perenne desafío de conocer nuestro ser.

Teresa de Ávila fue inflexible al declarar la importancia del autoconocimiento como nuestro guía para el camino hacia Dios en el centro de nuestro ser. En una de sus muchas declaraciones sobre el autoconocimiento ella dijo:

“Bueno, ahora es tonto pensar que entraremos al cielo sin entrar en nosotros mismos, reflexionando sobre nuestra miseria y lo que le debemos a Dios y rogándole a Él frecuentemente por su misericordia” (Castillo Interior 2.1.11)

Muchos de los mandamientos de los evangelios son una expresión de esta práctica de dejar el falso ser de nuestro egocentrismo y movernos al verdadero ser que es buscar a Dios en el centro de nuestro ser. En el evangelio de Marcos leemos: “Si alguien quiere ser el primero, que se haga el último y el servidor de todos (Marcos 9: 35) Mateo nos dice: “El que antepone a todo su propia vida, la perderá, y el que sacrifique su vida por mi causa, la hallará” (Mateo 10: 39) De nuevo, Juan dice: “En verdad les digo que si el grano de trigo no cae al suelo y muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto. (Juan 12: 24) finalmente, Mateo agrega: “El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, cargue con su cruz y me siga.” (Mateo 16: 24)


Conclusión

Teresa de Ávila ofrece una visión maravillosa de la conexión entre el verdadero ser y el falso ser y el autoconocimiento. Para ella, el autoconocimiento siempre es un componente crítico en nuestra búsqueda de Dios. Es un movimiento del falso ser hacia el verdadero ser.

En la primera morada de su clásico, El Castillo Interior, el individuo tiene a primera vista una vida que va más allá de los confines de las heridas del falso ser.

En la segunda morada las fuerzas dadoras de vida del verdadero ser hacen un empuje inicial en la conciencia de uno. Esto lleva al inicio de una vida de oración y una apertura a la conversación. De igual manera, el crecimiento en la autoconciencia permite que uno vea las primeras etapas del mal en la propia vida. Aun en estas fases mínimas, la aceptación de nuestra pecaminosidad es un descubrimiento real.

Estos primeros pasos alejados del control de la ceguera del falso ser siembran las semillas de la libertad en el verdadero levantamiento de conciencia del verdadero ser. Este es el camino hacia un autoconocimiento más grande.

Este autoconocimiento, junto con el descubrimiento impactante de la propia pecaminosidad, lleva a una experiencia rica en oración y progreso espiritual en la tercera morada. Aquí está la introducción a una paradoja desconcertante: el progreso espiritual real fluye de un autoconocimiento más profundo de nuestra pecaminosidad. Esto, de hecho, es una nueva visión de la verdaderamente esclavitud engañosa del falso ser. Estamos en el camino a aprender que verdaderamente somos pecadores, pero pecadores amados y perdonados llamados a un viaje a la libertad y el gozo en nuestra nueva habilidad para vivir nuestro verdadero ser en los pasos de Jesús. Este programa continua en el cambio contemplativo que nos llama a entrar en las moradas restantes del Castillo Interior.
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